EL ELEFANTE QUE ENTRÓ EN UNA CACHARRERÍA Y NO ROMPIÓ NADA. (II)

Esa puta brecha en la ceja no pinta nada bien. La sangre cae sobre tu ojo, que pronto estará tan hinchado que no te servirá más que para recordarte que estuvo ahí. Llevas tres minutos tratando de esquivar puñetazos con una inmensa zona ciega a tu derecha, y el cabrón de Oberón no deja de castigarte por tu lado más débil. Esto es la guerra y aquí nadie sabe de reglas.

Cómo duele, joder. Cómo te duele todo. Tantos años paseándote por la cima te han vuelto blando. Han conseguido que dejes de sufrir. Han logrado que seas una estrella hueca. Bien por ti. El cascarón por el que tan plácidamente has discurrido está a punto de irse a tomar por el culo.

Otro puñetazo. Y otro más. Tu ceja ya nunca más será una ceja. La máscara que es tu piel chilla toda de rojo y plata. Otro puñetazo. Te falla una rodilla. Oberón se sitúa a tu espalda y te hace un estrangulamiento que no puedes evitar. Intentas colar tus manos bajo tus brazos. Haces palanca. No tienes nada que hacer. El poco aire que conseguiste pescar se despide de ti cuando te da una patada en los riñones que hace que te quedes vacío. El mundo es una niebla gris que se va fundiendo al negro. Apoyas tu otra rodilla en la lona. Baba y sangre escurren por la comisura de tu boca hacia el codo inexorable que te asfixia.

Qué jodido estás.

Tu vida, como en una muerte, se proyecta veloz sobre tus párpados machacados.

Por fin, en el pinganillo de tu oreja, la voz de tu manager suena tras quince minutos de tortura.

-Tu victoria se paga 23 a 1. A mí me vale.

Y a ti también.

Es hora de conectarse.

Una de las ventajas de ser el número uno del mundo en algo es que te facilita el acceso a puertas que para el resto están cerradas. Puertas de todo tipo. Puertas que dan a mujeres. Puertas que dan a dinero. Puertas que dan a conocimientos prohibidos. Todo depende de lo que busques, de lo que quieras y de lo que te guste, pero la idea básica es que con fama y dinero, puede conseguir lo que sea.

Para ser alguien adicto a la pelea, nacido con uniforme de batalla y condenado por el destino a ser el mejor en eso de dar hostias mitológicas, tú siempre quisiste saber más. Ser mejor. Evolucionar. Toda una infancia de dibujos japoneses que hablaban de gente que no hacía más que crecer marcó tu concepto de superación y crecimiento. Tu vida se convirtió en una búsqueda incansable del siguiente prefijo superlativo. Pasar del súper al híper. Del mega al ultra. Del tera al zetta. Nunca llegar porque habías nacido con la ceguera selectiva del que sabe que no tiene final. Volverte más fuerte. Conseguir una invencibilidad real. Superar eso de obtener una invulnerabilidad suprema. Volverte todo un superguerrero.

Y entonces distes con los siete esclavos. Con los ocho puntos de presión. Con la garra de la gran bestia muerta. Con el mono alcoholizado y letal. Con el chakra oculto y con el puerto occipital que nos conecta con la energía de un universo muerto. Con una fuente ilimitada de poder sin coste alguno. Con un acceso directo a un Olimpo de combustible inagotable.

Diste con la sala en la que esperar al siguiente dios. Y decidiste quedarte.

Pronuncias el mantra casi inconsciente, apurando tus opciones para delirio del público. Siete palabras mezcladas en siete idiomas extintos. Siete muestras de respeto, odio, furia, trabajo, dolor y miedo. Siete vocablos que suenan como gestos.

Y trasciendes.

El público dirá que nadie vio bien lo que sucedió. Hubo un estallido de energía y, de repente, dos seres antagónicos comenzaron a golpearse de manera incansable sobre el cuadrilátero. Luz y oscuridad. Orden y caos. Bien y mal. Cada puñetazo una explosión de realidad que hacía temblar los cimientos de todo lo conocido. Cada patada una palanca perfecta en las grietas de lo posible. Cada cabezazo una embestida contra lo concebible, esperable, mesurable y contenible.

El estadio fue una fuente de radiación latiendo al ritmo de los golpes, un corazón de energía que fue marcando el ritmo de una canción que hizo decelerar el planeta. Cuando la orgía acabó, sobre el ring humeante solo quedaron dos estelas negruzcas manchando la lona, como un recuerdo de dos hogueras demasiado poderosas.

El Rayo Argenta y Oberón habían desaparecido.

PRIMERA PARTE

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EL ELEFANTE QUE ENTRÓ EN UNA CACHARRERÍA Y NO ROMPIÓ NADA.

1307819-1santo_02Desde pequeño, Pascual estuvo destinado a ser un dios de la Lucha Libre. Nadie se sorprendió cuando, después de nacer ataviado con una máscara plateada y un ceñido bañador a juego, sus primeras palabras coherentes fueron: “Yo quiero ser El Santo”. A partir de ese momento, la reticencia inicial de sus padres se convirtió en entrega resignada, y todos los esfuerzos que otros progenitores más combativos habrían dedicado a una educación que enderezara a aquel niño incipientemente musculado, se encaminaron a convertir al pequeño Pascual en la leyenda definitiva del pseudodeporte de peleas.

La Academia Para Jóvenes Talentos del Wrestling, fundada durante la eclosión del programa conocido en España como Pressing Catch, estaba dirigida por Eusebio Rodríguez, una especie de soñador enardecido por la estupidez más profunda y los efluvios etílicos peor destilados. Con más visión para el chinchón que para los negocios, la escuela de trompadas y piquetes de ojos sólo era rentable en la cabeza degenerada y embrutecida del pobre Eusebio, así que cuando los padres del prodigio genético anteriormente conocido como Pascual entraron por la puerta a preguntar por matrículas, horarios y mensualidades, el improbable maestro del arte de la sentadilla, admirador acérrimo del DDT de Jake “The Snake” Roberts, oyó el sonido de una caja registradora por entre los bramidos cada vez más frecuentes de los elefantes rosas.

Aunque era incapaz de distinguir una llave Nelson de una llave Allen, el bueno de Eusebio puso ímpetu y constancia en la educación de su nuevo pupilo, y aunque sus lamentables enseñanzas no tuvieron nada que ver con la meteórica carrera de Pascual, el olor del triunfo estelar pronto convirtió el destartalado gimnasio en una fuente de ingresos desorbitada llena de infantes deseosos de emular a su nuevo ídolo. A pesar de que él quería que le llamaran “El Nuevo Santo”, la legión de fans de Pascual pronto eligió un seudónimo más adecuado para él, y a pesar de que de entrada se mostró reticente, al final tuvo que asumir la evidencia y desistir en el empeño de imponer su criterio.  Todos acabaron por conocerle como “EL Rayo Argenta”, no solo por aquella indumentaria que la genética había soldado a su rostro y a sus nalgas desde el momento de su concepción, sino porque sus innatas capacidad hacían que se moviera sobre el cuadrilátero como un relámpago apenas visible.

España, México, Estados Unidos… antes de cumplir los 19 “El Rayo Argenta” ya se había colocado sobre el hombro todos los cinturones posibles. Nada ni nadie podían detenerlo. Era imparable desde cualquier ángulo, ajeno a cualquier campaña publicitaria que conspirara para su derrocamiento, indiferente al teatro mediático en el que los ganadores se decidían mediante índices de audiencia. Él era la Lucha Libre. Él era la representación física del espíritu del combate. Él era el Dios de la Lucha.

Al menos, hasta que llegó Oberón.

Nadie supo nunca de donde salió aquel monstruo como tallado en ónice, pero en cuanto piso su primera lona, su trabajo consistió en despedazar a cuantos contrincantes le pusieran por delante. Y que nadie crea en la parte metafórica del término, ya que “despedazar” no es, en ningún caso, una licencia poética. Cada combate con la recién bautizada “Bestia Oscura” era un festival de extremidades, sangre y descuartizamientos progresivamente imaginativos. Una oda efervescente al gore inundaba al público en un baño de sangre, euforia y asco que sumía estadios enteros en el paroxismo. La carrera del gigante que parecía devorar la luz fue una linea recta que de manera inevitable acabó enfrentándole con nuestro héroe plateado, un combate por todos los títulos anunciado, casi predestinado,  en el que nuestro efebo de paquetero terso y blanquecino se midió al coloso azabache de músculos anatómicamente improbables.

Cuando llegó el día de la pelea del siglo, un mundo expectante se paralizó frente a televisiones de pago que hacían el agosto contemplando, por primera vez en años, un combate cuyo final era incierto. Miles de espectadores contemplaron, conteniendo la respiración, como los dos titanes realizaban su ritual de estiramientos; una liturgia de gestos y tics fríamente calculados para lograr un estado tántrico en el que cada una de sus células solo pudiera pensar en el guerrero perfecto.

En el momento en que sonó el gong que dio inicio a todo, el olor a sudor y linimento se disipó engullido por la peste alcalina que cubre los campos de batalla antes de la masacre.

El combate del siglo había empezado.

Encuesta 1

SEGUNDA PARTE

LA FAVORITA.

Mathias Lehman - La favorita - cubierta.inddEl terror está en lo habitual. En lo cotidiano. Se encuentra lejos de lo sobrenatural y fantástico, porque lo que realmente da miedo es lo que sí te puede pasar. Lo tangible. Lo posible. Fantasmas, vampiros y hombres lobos no dejan de ser representaciones irreales de nuestras fobias, una manera de exorcizar los demonios personales mediante iconos reconocibles a los que podemos vencer con elementos tan mundanos como la sal, la plata o el ajo. El horror de verdad es el que nos asalta al experimentar historias sufridas por vecinos, amigos o familiares, gente corriente de la que te cruzas todos los días por la calle, lejos de los Cárpatos, las tumbas egipcias o las casas encantadas.

La Favorita es una bofetada directa a nuestra moral, un artificio que juega a encubrir el espanto de una historia terrible bajo el manto del despertar sexual de una niña que vive en una fotocopia del averno. Lo que en principio parece un cuadro costumbrista casi victoriano, se va transformando en un relato sobrecogedor cuyo final es un catalogo de locura, demencia y frustración visto a través de los ojos inocentes de la infancia.

Matthias Lehmann, en riguroso blanco y negro, va trazando un camino que describe a cada uno de los personajes, estableciendo las sorpresas y los golpes de efecto con medida precisión. Cada página es un tapiz lleno de monstruos reales que, por cobardía o enfermedad, se someten a la tragedia, incapaces de encontrar algo mejor en sus tristes vidas. Todo lo que ocurre sorprende por cotidiano, por tangible, porque nunca sufres esa sensación de imposibilidad que te ayuda a alejarte de la historia y no sentirla tan cerca. No hay villanos aquí. Solos seres patéticos viviendo una existencia desgraciada. Personajes egoístas que infligen dolor buscando sentirse mejor; un sufrimiento que representa un pequeño incremento en su cuota de alegría, como un resquicio por el que contemplar con desesperanza que lo único que les queda es amargura. El final, tan tremendo como inevitable, muestra con crudeza lo fácil que llegamos a adaptarnos a la catástrofe, la indiferencia con la que asumimos lo impensable, lo poco que puede llegar a durar nuestra indignación, sobrecargados nuestros sentidos por el alud de informaciones demoledoras de las que nos provee a diario nuestra miserable especie. Viendo la conclusión de La Favorita, el ser humano parece arcilla adicta al trauma, a veces invulnerable a la bola de demolición, a veces frágil ante un simple estornudo.

Decían los existencialistas que “el infierno son los otros”. Quizá sí lo seamos. Y no como enemigos de un universo que construimos al apreciar la realidad con los sentidos; un mundo en el que chocamos como individuos que particularizan su propia creación en confrontación con la de los demás. Quizá seamos el infierno para todos los demás porque en nuestro interior existe un horno que hierve con la capacidad de generar una maldad aterradora y aplastante; un espanto violento que a veces atribuimos a engendros y espíritus, incapaces de asumir nuestra propia habilidad para ejecutar la vileza más extrema, excusados en la búsqueda de una felicidad imposible.

*Publicada el 17/04/2016 en el Diario del Alto Aragón.

Mortal y rosa.

Los regalos.

Los regalos son lo mejor de la vida.

Sobre todo los regalos que no son lo que te esperas.  Esos son lo máximo.

No hay sensación en el mundo que pueda superar ese momento en el que abres uno de esos paquetes que se asemejan a algo que puede parecer previsible y descubrir, justo al retirar la última capa de papel, que es otra cosa totalmente distinta y que llevabas mucho tiempo deseando. Como la cara es el espejo del alma, solo hay que mirarte el rostro para saber que estás encantado. Es esa parte de niño avaricioso de la que jamás lograremos desprendernos.

Es algo muy parecido a la incertidumbre a la que uno se enfrenta cuando lee por primera vez a un autor del que apenas sabes nada, tiene ese punto emocionante que necesitas sentir cuando consumes cine, literatura o cómic. Ese instante inigualable que sucede ante tus ojos cuando abres la portada o comienzan a escucharse los primeros compases de la música de una película. Si además, nada más empezar, lo que recibes es una de esas bofetadas que te despiertan y te salvan de precipitarte por el abismo del aburrimiento, el agradecimiento solo puede ser doble. Son ocasiones a menudo escasas, casi extraordinarias, acostumbrados a vivir esta vida de rutina en la  que tenemos que luchar con uñas y dientes para superar tanta mediocridad.

Por eso lo excepcional nos cautiva, nos hipnotiza, nos deja con la sonrisa torcida del que acaba de tener un orgasmo o una embolia, intentando decidir, sin éxito, cual de las dos cosas acabamos de sufrir.

Gummy Girl, el primer cómic de Isa Ibaibarriaga es todo eso y un poco más. Es un tebeo en el que los colores rosados no son más que una trampa visual para narrar una historia terrible en la que nada es lo que parece. La adolescencia y todas las metáforas con las que a lo largo de la historia literaria del siglo XX se nos ha ido inundando, desde Spiderman a Carrie, se dan la mano para contar un cuento truculento que firmarían unos bisoños Daniel Clowes o Charles Burns. Todo es bonito y extraño a la vez. Inocente pero letal. Blandito pero afilado. Todo se dispone a través de una historia de instituto que huele a tragedia retorcida antes casi de empezar. Una protagonista con nombre de apocalipsis nuclear. Una clase llena de imbéciles. Un descubrimiento de la sexualidad pubescente que produce un profundo desasosiego, la percepción de una incomodidad que se va haciendo inminente, un sentimiento de que algo terrible va a suceder que se puede palpar en cada una de las páginas de esta historia.

Y todo narrado con un precioso bitono que suda (como la protagonista) esencia de chicle de fresa ácida. Una trampa mortal para el cerebro que acaba descolocado pero con la mueca satisfecha del que acaba de comprender que lo que le acaban de enseñar es un regalo envenenado del que no podrá huir a base de recordarlo.

En resumen, un trabajo que te deja ojiplático, realizado por una autora novel en la concepción de obras largas que se declara seguidora (y es entonces cuando comprendes muchas cosas) de Suheiro Maruo, Dave Cooper o David Lynch.

Ten cuidado. Vas a leer un cómic lleno de chicle. Pero es un chicle peligroso. Cuando lo acabes, las palabras Cheiw o Boomer nunca te sonarán de igual manera.

Gummy Girl ha sido publicado por GP Ediciones en colaboración con Thermozero Cómics.

Star Wars: El Despertar de la Fuerza all over again.

Algo viejo. Algo nuevo. Algo azul. Algo prestado.

No. No nos vamos a casar. Acabamos de salir del cine de ver El Despertar de la Fuerza y la sensaciones, cuando menos, son encontradas. Es una especie de sí pero no que se mezcla con un no pero sí. En ese momento es difícil de explicar y, cuando poco a poco vas analizando la película en tu cabeza, te das cuenta de que es mucho más un no que un sí, pero un no que puede conducir a futuros síes. Es decir sales del cine hecho un lío porque estabas deseando que la película te apasionara, y todo se ha quedado en una especie de emoción moderada ante lo que puede pasar pero igual no pasa. Estamos ante el kamikaze que se inmola porque es un villano ansioso de redención y debe abrir paso a los nuevos héroes. Verle arder es divertido pero no saldrá nunca en las placas conmemorativas.

J.J. Abrams es un reinventor. Un recreador. Un distorsionador de nuestra imaginería tradicional competente y capacitado. Tiene un innegable sentido del espectáculo visual y sus películas son ejercicios medidos de producción en lo que casi todo funciona con una perfección pasmosa. J.J. Abrams es un más que solvente constructor de remakes (como ya demostrara en las dos películas de Star Trek que tiene en su haber), pero un deficiente imaginador de nuevas mitologías, como bien dice Ander Luque en su reseña en Zona Zhero.

Y es que este episodio VII no es otra cosa que un remix de los episodios I, II y III; una batidora muy cara cuyo resultado es una especie de reboot encubierto que sigue (a veces de manera casi milimétrica) gran parte de lo narrado en la película de 1977 que abrió la saga. Hay una sensación casi apabullante de “esto yo ya lo he visto” que a veces se hace dolorosa por forzada y poco necesaria. Establecer una estructura casi calcada a la de la Guerra de las Galaxias original, volviendo a colocar a personajes nuevos en situaciones viejas, convierte a esta película en ese hermana fea que cede el zapato de cristal a una cenicienta aún por venir. Si es que llega. Posibilidades existen, pero corremos el peligro de establecer un bucle del que es imposible salir y recrear en el episodio VIII, paso por paso, la legendaria El Imperio Contraataca. (Aunque, pensándolo bien, a mí ya me valdría…)

Hay algunos aciertos, la mayoría de ellos visuales, y algunas escenas de acción frenéticas e incluso apabullantes. Se puede decir sin temor a equivocarse que el universo de Star Wars nunca pareció tan real, espectacular y bonito. Hay algún momento para la nostalgia sincera, para la sonrisa cómplice y un homenaje que dura gran parte de la película a la mejor nave espacial jamás construida, diseñada y pilotada.

Pero por desgracia, también hay un buen número de errores garrafales, la mayoría de ellos fruto de un guión endeble, en ocasiones cogido con pinzas muy finas; un guión que trata de contentar a los viejos fanáticos de la saga dándoles de una ración de eso que llevaban 30 años esperando porque lo vieron exactamente así hace 30 años, mientras fuerza la máquina a veces de manera bochornosa para entregar en bandeja un producto al que se puedan acercar los jóvenes, esos mismos jóvenes que saldrán del cine con inusitadas y feroces ansias de merchandising.

De los nuevos personajes, me quedo, con diferencia, con un Kylo Ren de grandes posibilidades a pesar de un tramo final un poco patoso, que carcome en gran medida el aura amenazante y poderosa que se va construyendo a lo largo de la película. Rey es adorable en su inocencia de nuevo e inconsciente icono de la Fuerza, BB8 es muy mono sin ser R2D2 (uno de los momentos más divertidos de la película es suyo), y Finn me parece una adición que moriría muy bien en pantalla. A poder ser en el minuto 1 de la siguiente película.

En cuanto a las viejas glorias Han Solo esta MUY mayor, Leia parece Yoda y, de forma sorprendente para aquellos que todavía pensamos que rodó el Retorno del Jedi con una careta de cera a medio derretir, Luke Skywalker está imponente en su breve (y totalmente previsible) aparición final.

En resumidas cuentas, un gran espectáculo de entretenimiento propio de una producción mastodóntica, bien hecho y cuidado, que falla de manera escandalosa al plantearse como una continuación pura de una historia épica y mítica, cuando lo que en realidad se nos sirve es un remake encubierto que resume la trilogía original y prepara el terreno para una nueva generación de fans que están esperando que su Imperio contraataque. Y digo bien. El suyo. El que generacionalmente les corresponde. Un Imperio en el que impera la igualdad sexual, el respeto étnico y los malos que cuando se quitan la careta parecen judíos surgidos de El Mercader de Venecia. Una especie de coitus interruptus para los que esperábamos ver en el cine algo nuevo de verdad, una continuación sin trampas que dejara atrás lo viejo y lo prestado, porque aunque sentimos un cariño inapelable por aquellas películas, ninguno fuimos al cine a casarnos.

Quién sabe. Quizá la próxima. La pista de baile está preparada…

Reír.

Es en días como estos en los que la comedia y el humor son más necesarios que nunca. Yo diría que son más que necesarios. Son vitales, sobre todo porque son el chiste, la ironía y la carcajada elementos que nos distinguen, más que ningún otro, de los seres irracionales. Saber reírse de uno mismo, aceptar las bromas, entender el humor como un mecanismo de desahogo que nos ayuda a olvidar sinsabores y desgracias es lo que nos diferencia de los animales y, sobre todo, de los animales fanáticos y extremistas.

Es en estos momentos de tragedia cuando uno necesita encontrar algo con lo que disfrutar y sonreír; algo que le haga olvidar todo lo malo que sucede a su alrededor; algo que le ayude a pasar un rato entretenido sin pensar en otra cosa que en divertirse, coflarse en el sofá y echarse una cerveza fresquita o un café con un chorrito de brandy.

Es en instantes como el de ahora, en la que sufrimos tragedia tras tragedia víctimas de un odio absurdo, en el que uno aprecia sobre todas las cosas cómics como esta segunda parte de El Último Aragonés Vivo titulada La Amenaza Robótica. Un tebeo plagado de garrulos, músicos aragoneses ilustres, reyes conquistadores legendarios, justicieros de cervicales laxas, futbolistas dignos de formar defensa con Martagón o Diego y un trasunto de Robert Neville que viste calzoncillos Abanderado con palomino y camisetas Imperio con roncha de sudor. Eso cuando no corre desnudo por el monte huyendo de rayos láser y explosiones varias, mientras su pene (que nada tiene que envidiar al de un equino) se bambolea libremente.

Hay detrás de todo esto un mundo postapocalíptico y regional que va tomando forma aventura a aventura, y que en este segundo tomo va trazando líneas de historias de algo que podríamos llamar Agrociencia Ficción. Hay mucho de local y baturro en lo que se narra. Mucha referencia a la idiosincrasia aragonesa, a la tierra que nos vio nacer y al sentir de un pueblo obstinado y orgulloso. Sin embargo, todo lo que en el primer tomo era presentación de personajes y aventuras contra un francés invasor ansioso por restañar heridas surgidas de La Guerra de Independencia, aquí comienza a plagarse de robots, laboratorios secretos, máquinas de clonación y elementos más propios de esa misma ciencia ficción de la que David Terrer, el guionista, se declara fan confeso. No sólo eso; este zaragozano tiene el valor de escribir un cómic en el que los monumentos más emblemáticos de la ciudad de Huesca son arrasados, y encima el jodido tiene gracia. Para ser un cheposo, claro está. (Lo dice un fato desde el cariño más sincero).

Era difícil igualar el éxito del primer número (que ganó el premio al mejor guión en el Salón del Cómic de Zaragoza el año 2014) y si bien es cierto que se pierde parte de la frescura de la historia anterior en la que la novedad era parte esencial del proceso, en este segundo volumen se establecen las guías de lo que serán las siguientes entregas de la serie: humor, aventuras, tecnología disparatada y una miajica de pan. Y todo eso tiene muy buena pinta.

El dibujo de esta segunda parte sigue corriendo a cargo de Carlos Azagra, auténtico titán del cómic español y una de las figuras emblemáticas de la revista El Jueves y del tebeo humorístico y combativo. Bajo su máxima “el lápiz es para cobardes”, Azagra mantiene un estilo de trabajo tradicional en el que dibuja directamente con pluma y tinta china, sin intermediarios entre el papel y el trazo. Una auténtica locura que se ajusta como un guante a lo que hay que contar. para un cómic de humor, uno de los icónicos dibujantes humorísticos españoles. Encarna Revuelta pone los colores que empastan y unifican el dibujo, y lo hace de manera también artesanal, con acuarelas y pinceles, ajena a la paletas preprogramadas del Photoshop. Una auténtica delicia para los ojos. Sus luces dulcifican el agresivo trazo de Azagra formando uno de esos tándems inseparables que funcionan como un reloj. Se conocen y se entienden artísticamente a la perfección, y eso se nota.

En cuanto a la edición de GP, lo único que puedo decir es que no han parado de crecer desde que los conozco. Tomo tras tomo están labrando un camino con identidad reconocible que se va consolidando poco a poco y por lo que sé (o por lo que me han contado) es una aventura que no se va a detener. Y lo que me alegro.

Terrer, Azagra, Revuelta y GP Ediciones, cuatro enormes patas para un estupendo banco.

El conjunto, al final, respira personalidad y carisma. Se huele el aroma de un personaje pensado para perdurar en la memoria y en la librería, asaltando año a año las estanterías como una especie de Astérix patrio. Un par de historias más, y seguro que lo consiguen.

El Último Aragonés vivo: La Amenaza Robótica, editado por GP Ediciones.

El horno huérfano.

p-horno-huerfanoImagina que en tu mundo llueven cuchillos. Que tu padre es un objeto indefinido de latón y cobre armado con una mástil y una vela, y debes encadenarlo para que no se escape de tu cobertizo deslizándose a toda velocidad por las calles. Que tu madre es un secador de peluquería cobarde. Que un jarrón graba todo lo que piensas. Que la chica nueva de tu instituto está loca. Que te queda una semana de vida.

Ser adolescente es una experiencia traumática. Una enfermedad contra la que no hay vacuna. Cuando la sufres, no necesitas de condicionantes externos para sentir que tu vida es un infierno y que nada va a mejorar jamás. Eres tú y tus hormonas desbocadas en un baile impreciso de granos, grasa en el pelo y deseo sexual mal canalizado que descargas en un calcetín o  sacias con la alcachofa de la ducha. Te sientes tan capaz de hacerlo todo que piensas que no importa si lo empiezas mañana. Como ese mañana nunca llega, piensa que la vida es una mierda, te sientes como una mierda y todo tiene el opaco y monocorde color de la mierda. Lo de los leones que sueltan en horario lectivo para que nadie se fume las clases y el hedor a estado policial que no puedes quitarte de encima no dejan de ser detalles sin importancia.

Tienes las vitrinas llenas de dioses en miniatura que te avisan cuando los huevos están cocidos o la pizza crujiente. Tienes una círculo esotérico que te hipnotiza cada día y que cambia su patrón de lunes a domingo. Tienes a la madre de tu colega muerta en el patio de recreo y os subís a ella para hablar de fútbol o de cosas sin importancia. Es extraño, pero nadie parece sorprendido. Todos han asumido que las cosas son así.

El Horno Huérfano habla del destino. De lo inevitable de las cosas. De los calendarios que penden sobre nuestras cabezas como sogas de ahorcados. Habla de un mundo próximo a un País de las Maravillas esquizofrénico y paranoide en el que las cosas más extrañas son las más comunes. Nada tiene sentido, pero todo acaba por encajar como el mecanismo de un reloj con 25 horas.

Narrado con la más absoluta normalidad, con un academicismo pulcro, hay una atmósfera anodina que convierte en plausible lo monstruoso. El viaje iniciático que todo rebelde quiere emprender cuando siente que ya lo sabe todo  de la vida porque tiene catorce años, es aquí una huida hacia un muro de oscuridad e incertidumbre, mientras los aventureros son perseguidos por ancianos inexorables que representan al sistema.

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Metáforas, formas, trazos. Ríos de blanco y negro y mujeres que hacen música con las extremidades de sus antepasados. Decadencia industrial. Cementerios. Asilos. Aulas especiales para desequilibrados. El tufo de realidad que se condensa en cada una de las gotas de fantasía que escurren por el cristal tras el que miramos anonadados.

Rob Davis expone una historia que no necesita ser comprendida. Es un compendio de ideas que plantean una situación que no requiere explicación. Una especie de monumento a esa sensación de sentirte alienígena en un mundo controlado en el que antes todo parecía familiar. Como pulir la barriga de tu padre hasta que brille más que la de ningún otro progenitor. Como comer las galletas que tu madre/horno se acaba de sacar de la barriga. Como caminar rodeado por un tormenta de risas con los ojos llenos de lágrimas.

Yo voy a sentarme a esperar esa segunda parte que sé que nadie escribirá jamás.

*El Horno Huérfano ha sido editado en España por la editorial La Cúpula.

Pues a mí me ha encantado.

Que no os digan qué leer. Que no os obliguen a nada. Que no os digan lo que está bien y, sobre todo, no permitáis que nadie imponga su criterio al vuestro.

Si os gusta, os gusta. Aunque sea una mierda. Os gusta. Eso es lo importante. Ya pueden ir jodiendo todos los entendidos del mundo que dicen que lo que leéis es bazofia. Os gusta. Por alguna extraña razón, las conexiones neuronales de vuestro cerebro han establecido una relación placentera con los estímulos visuales y literarios que origina el objeto de vuestra adoración.  Y eso ya es más que suficiente. Porque es vuestro. Y, sobre todo, porque el gusto es algo subjetivo. Propio. Personal. Intransferible.

Al próximo que os diga que para gustos colores o que hay tantas opiniones como culos ya lo podéis ir mandando a la mierda, porque ambas frases (que todos hemos pronunciado alguna vez) están cargadas de una condescendencia que oculta un “no tienes ni puta idea porque eso que adoras/lees/dibujas/dices es como un potaje de mierda”.

Luego llegarán las academias a colocar parámetros en el arte, a medir estrofas, a cuantificar la belleza.  Establecerán cánones y harán manuales en los que tasarán la inspiración. Y todo eso será una patraña repugnante. Porque debemos ser John Keating y arrancar las páginas que nos hablen de la métrica. Debemos sentarnos y disfrutar. Y leer. Y seguir leyendo. Y pasar horas y horas enterrados entre cómics hasta forjar un criterio propio basado en los condicionantes más aleatorios que podamos imaginar. La edad. La circunstancia. El dinero. El tiempo. A quién coño le importa.

Y si te equivocas, no pasa nada. Porque es imposible equivocarse. Puedes fallar con el cálculo, con la física, al realizar un equilibrio químico. Puedes cometer errores gramaticales al escribir, pero nunca erraras con tus gustos. Serán diferentes. Extraños. Estrambóticos. Valientes. Inusuales. Comunes. Serán los que vienen condicionados y dirigidos por la masa y por ese gigantesco medio de manipulación que llamamos “los medios”. Pero serán tuyos. Y solo tuyos. Y nunca podrán estar equivocados. No dejes que te los impongan. No trates de imponerlos. Tan solo edúcalos. Cultívalos. Haz que crezcan con cada una de tus lecturas. Ten la mente abierta. Corre algún que otro riesgo de vez en cuando. Diversifica. Juégatela. Sé tú mismo, sobre todas las cosas. Y disfruta.

Tan solo eso. Disfruta.

Porque al final, aquello que queda en tu recuerdo y te acompañará el resto de tu vida, es aquello que te arrancó una sonrisa o una lágrima en el momento adecuado. Y eso, además de ser impredecible e instantáneo, es algo precioso.

Que conste que esto lo dice alguien que lleva tres años largos escribiendo reseñas, que no dejan de ser un intento de convencer a los demás de que lo que has leído es una obra maestra o una boñiga palpitante. Es como tirar piedras contra mi propio tejado cuando vives en una casa sin tejado y todas las piedras van a caerte encima.

Qué le vamos a hacer.

Leedme, pero no me hagáis caso.

Sangre Americana

sangre_americanoEs un hecho consumado.

Prefiero la mostaza al ketchup. Adoro las acelgas. Cada vez como más dulce. Mis gustos están cambiando. Lo que antes era pura pasión por líneas cinéticas insertadas en cuerpos clónicos y dibujantes que copiaban hasta el frenazo de los calzoncillos de Jim Lee, se ha convertido por un querencia desarrollada hacia temas y estéticas que antaño hubiera considerado “horribles”. No solo eso. En este nuevo campo de exploración he encontrado ese material que satisface mi vena más chulesca, sucia y denigrante; ese yo que disfruta en secreto contemplando atrocidades, sexo explícito y guarro y violencia carente de sentido y nunca embellecida por un planteamiento formal que lo suavice. Sé que a menudo utilizamos la excusa de estar contemplando un dibujo para justificar ese placer sádico que nos recorre el cuerpo como un calambre al ser testigo de amputaciones, mutilaciones y asesinatos, pero no es más que la voz de Pepito Grillo que se afana por encontrar una razón a un fenómeno que no necesita ser explicado. La violencia atrae. Es magnética. Hipnótica. Es un enorme torbellino que nos engulle por puro atavismo, despertando esa parte reptiliana que se agazapa en nuestro cerebelo. Nos gusta. Disfrutamos con ella. Y en la ficción encontramos la excusa perfecta para no sentirnos culpables si sonreímos al ver como le vuelan los sesos al negrata de turno.

Hay algo adolescente en este placer. Algo pornográfico. Algo secreto. Es esa fuerza motriz que nos animaba a ilustrar nuestros cuadernos de religión con tías de tetas gigantes que se follaban a demonios de vergas kilométricas mientras disparan con ametralladoras de una simbología fálica inexcusable, causando dolor y muerte entre monjas de sexo rasurado salidas de una portada retorcida del Playboy. Eran dibujos que hacíamos con tinta azul mientras escuchábamos aburridos la lección de Geografía y hacíamos tiempo para que sonara el timbre y salir disparados por la puerta del instituto. En el camino a casa, como siempre, parábamos e el quiosco para ver si había llegado alguna grapa de Fórum o Zinco alternando la mirada, siempre de reojo, hacia la portada de alguna chica Private, una de esas mujeres que venían del norte y accedían a practicar doble penetración porque “más cornadas da el hambre”.

Benjamin Marra es todo esto y mucho más. No hace falta que ensalce su labor como narrador o dibujante porque actualmente hay en la red cientos de reseñas que se centran en alabar su tarea como autor de cómics. Sinceramente, y al menos en mis redes sociales, Sangre Americana* se ha convertido en el tebeo del año a la espera que de en noviembre salga El Azote del Terror y se nos propine una nueva y placentera patada en nuestros acomodados huevos. He leído todo tipo de referencias para hablar de los cómics de Marra. Desde el Underground americano más subversivo pasando por los cómics de la EC que el doctor Wertham derribó con un libro más dañino que toda la pronografía de la historia. Y todas son verdad. Porque lo que de verdad hace Marra es sublimar todo aquello que según  la sociedad americana del senador McCarthy seducía al inocente. Empuña un bolígrafo Bic (o simula que lo hace) y despliega páginas y páginas de la más insostenible, rotunda y desquiciada violencia. Se ríe de todo y de todos. Se caga en el rap porque lo adora. Deja en evidencia a Tarantino con un Django mucho más divertido que el suyo. Se mea en las películas de justicieros de Charles Bronson. Escribe un  guión a la altura de  Yo compré una moto vampiro pero mucho más divertido.

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Sutileza y contención.

Marra es un chulo de playa de tanga apretado y paquete de Marlboro en elástico de la cadera. Un Pepito Piscinas de manual que, además, no se avergüenza de serlo. Es el ligón de discoteca que al final se lleva a la tía a la que llevamos pagando Fantas toda la noche. Es más. Marra es un macarra empuñando un lápiz que se atreve a hacer todo lo que nosotros solo insinuamos en nuestros apuntes de instituto. Nos deja en evidencia. Nos agrede. Nos violenta. Nos da exactamente lo que buscamos: uno de esos cómics que volver a guardar bajo nuestro colchón con el placer culpable de la incorrección total.

A mí que me pongan cuarto y mitad de sus cómics todos los meses, por favor.

*Sangre Americana ha sido publicado en España por Autsider Comics

Pinocchio de Winshluss.

winshluss_26Leed Pinocchio.

Por favor.

Hacedlo.

Considerad que es un consejo que os da un buen amigo que solo quiere lo mejor para vosotros.

Leedlo.

Es como una especie de tarea vital pendiente que nadie puede dejar de cumplir.

Un hito.

Una necesidad fisiológica básica.

Una obligación.

Leedlo.

Porque hay cosas que uno debe tener en su bagaje cultural y vital de manera totalmente inexcusable.

Hacedlo, coño.

No os busquéis más excusas.

Dejad el puto móvil. Dejad de joder la vida de los demás en Twitter. Dejad de hacer el idiota en Facebook. Buscaos una rato libre. Sentaos en vuestro sofá preferido. Arrellanaos. Dejaos llevar.

Leedlo.

Luego ya sacad vuestras propias conclusiones.

Alucinad.

Odiadlo.

Envidiadlo de manera inexorable.

Lo que sea.

Cuando las opiniones vienen generados por una cosa tan grande, tan espectacular y tan buena, lo importante es que surjan. Lo de menos es la dirección.

Leedlo.

Después si queréis buscaos una reseña de verdad que analice su contenido.

A mi me ha flipado demasiado como para hacerlo.