¡GARCÍA! Todo es posible.

¿Alguien quiere un cómic del Capitán América disfrazado de Roberto Alcázar en el que aparecen Federico Jiménez Losantos, Podemos, El Ministerio del Tiempo y El Pais? Yo sí. Y lo he encontrado.

Por Javier Marquina

No hay nada más jodido que sentir el bloqueo del escritor, ese pánico a la página en blanco que te deja bizqueando frente al teclado y convierte en mierda todo lo que intentas plasmar con una torpe sucesión de letras. Es desesperante. Tienes magníficas cosas sobre las que escribir pero no hay manera de que salgan de manera coherente de tu cabeza. Eres incapaz de establecer la conexión entre la parte creativa de tu cerebro y tus dedos, encargados de aporrear el teclado y darle algo de forma al caos de ideas que tratas de racionalizar.

Es lo que me está pasando en este mismo momento. Tengo un estupendo cómic para reseñar y no sé muy bien cómo hacerlo. Al principio pensé en centrarme en todas las referencias que uno puede encontrar en ¡García! Empezar por la influencia del cómic de superhéroes en la narración de la historia, el claro homenaje al Capitán América, el ritmo de las escenas de acción a medio camino entre el manga y Jack Kirby, la inevitable comparación con Roberto Alcázar y Pedrín, con el Miracleman de Moore y la parábola del sidekick siniestro… pero la verdad es que luego vi que eso era lo que estaban haciendo cientos y cientos de webs que analizan de forma pormenorizada cada uno de los tebeos que se editan hoy en día y desistí. Luego, abandonada la idea de ensalzar ¡García! por lo acertado de su planteamiento al crear un superhéroe patrio sin necesidad de acudir a los toros, las sevillanas o el rebujito, me puse como objetivo escribir un artículo que sirviera para reflejar mis inquietudes políticas y sociales a través del trasfondo que mueve al personaje por la trama. Ahí podría haber abordado temas tan interesantes como el fin del bipartidismo, la acción de los poderes ocultos que manejan los hilos en la sombra, los oscuras agencias de inteligencia gubernamentales o la influencia de los medios de comunicación en la radicalización del pensamiento ciudadano. Podría haber hablado de lo relativo de la lealtad, de lo descafeinado de las nuevas ideologías, del estado lamentable de la política actual y de muchos otros asuntos sociales y humanos que podrían dar para realizar una tesis doctoral de sociología. Por desgracia, cada vez que comenzaba la redacción de dicha entrada, al releerme, pensaba que lo que estaba escribiendo era una bazofia que no plasmaba con justicia el escenario por el que transita el protagonista de nuestra historia.

¿Qué me quedaba? Hablar de los autores, por supuesto. Por un lado pudrirme de envidia ante la sólida carrera que Santiago García se ha ido labrando hasta convertirse en uno de los guionistas y expertos de cómic más relevantes del medio; camino recorrido título a título, de esos que se hacen poco a poco y te llevan a lo más alto porque los cimientos están hechos de buenos materiales y pensados para durar. Una vez acabadas las alabanzas al guionista de moda, habría hablado del arte de Luis Bustos; de ese blanco y negro que se lee deprisa porque narra con claridad, de la versatilidad de un  autor que no deja de sorprender tomo a tomo y de cómo consigue reflejar la atmósfera correcta en cada uno de sus trazos, dejándote siempre con la sensación de que estás viendo lo que debes en el momento en el que debes verlo. Habría acabado hablando del perfecto tandem que se forma entre le escritor y el ilustrador, complementado de manera ideal por las páginas de un Manel Fontdevila que son pura nostalgia y que sirven para sincronizar dos épocas que a veces no parecen tan lejanas.

Sí.

Eso habría estado bien.

Sin embargo, al ver el cursor parpadeando frente a mí, he sido incapaz de hacer nada de lo que me había propuesto. Es jodido tener en la manos un material fantástico que no te decepciona, que te da lo que buscas, que juega con los tópicos para generar una sensación novedosa, que crea una escena de infinitas posibilidades, que realiza bien un producto que podría parecer puramente norteamericano, que usa ritmos que te llevan como un rayo por las páginas y que, al final y para tu sorpresa, huele a cómic español lleno de temas españoles que encajan como un guante en el resultado final y no poder decir nada sobre él. Se me queda la espina de ser incapaz de escribir o hablar de la maravilla del continuará recuperado. De la sensación de volver a aquellos cómics que te dejaban esperando todo un mes con la incertidumbre del “¿qué va a pasar?”, cómics que fueron tu infancia y tu adolescencia y que, como siempre digo, te convirtieron en el lector que eres hoy.

Siento no haber sido capaz de escribir nada sobre un gran cómic, una de esas historias que volveremos a leer y nos seguirán gustando aun cuando todas las radios hayan despedido a sus vocingleros prendemechas.

Me habría encantado hacerlo.

En serio.

Publicado el 30 de septiembre de 2015 en La Isla de las Cabezas Cortadas

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