Pues a mí me ha encantado.

Que no os digan qué leer. Que no os obliguen a nada. Que no os digan lo que está bien y, sobre todo, no permitáis que nadie imponga su criterio al vuestro.

Si os gusta, os gusta. Aunque sea una mierda. Os gusta. Eso es lo importante. Ya pueden ir jodiendo todos los entendidos del mundo que dicen que lo que leéis es bazofia. Os gusta. Por alguna extraña razón, las conexiones neuronales de vuestro cerebro han establecido una relación placentera con los estímulos visuales y literarios que origina el objeto de vuestra adoración.  Y eso ya es más que suficiente. Porque es vuestro. Y, sobre todo, porque el gusto es algo subjetivo. Propio. Personal. Intransferible.

Al próximo que os diga que para gustos colores o que hay tantas opiniones como culos ya lo podéis ir mandando a la mierda, porque ambas frases (que todos hemos pronunciado alguna vez) están cargadas de una condescendencia que oculta un “no tienes ni puta idea porque eso que adoras/lees/dibujas/dices es como un potaje de mierda”.

Luego llegarán las academias a colocar parámetros en el arte, a medir estrofas, a cuantificar la belleza.  Establecerán cánones y harán manuales en los que tasarán la inspiración. Y todo eso será una patraña repugnante. Porque debemos ser John Keating y arrancar las páginas que nos hablen de la métrica. Debemos sentarnos y disfrutar. Y leer. Y seguir leyendo. Y pasar horas y horas enterrados entre cómics hasta forjar un criterio propio basado en los condicionantes más aleatorios que podamos imaginar. La edad. La circunstancia. El dinero. El tiempo. A quién coño le importa.

Y si te equivocas, no pasa nada. Porque es imposible equivocarse. Puedes fallar con el cálculo, con la física, al realizar un equilibrio químico. Puedes cometer errores gramaticales al escribir, pero nunca erraras con tus gustos. Serán diferentes. Extraños. Estrambóticos. Valientes. Inusuales. Comunes. Serán los que vienen condicionados y dirigidos por la masa y por ese gigantesco medio de manipulación que llamamos “los medios”. Pero serán tuyos. Y solo tuyos. Y nunca podrán estar equivocados. No dejes que te los impongan. No trates de imponerlos. Tan solo edúcalos. Cultívalos. Haz que crezcan con cada una de tus lecturas. Ten la mente abierta. Corre algún que otro riesgo de vez en cuando. Diversifica. Juégatela. Sé tú mismo, sobre todas las cosas. Y disfruta.

Tan solo eso. Disfruta.

Porque al final, aquello que queda en tu recuerdo y te acompañará el resto de tu vida, es aquello que te arrancó una sonrisa o una lágrima en el momento adecuado. Y eso, además de ser impredecible e instantáneo, es algo precioso.

Que conste que esto lo dice alguien que lleva tres años largos escribiendo reseñas, que no dejan de ser un intento de convencer a los demás de que lo que has leído es una obra maestra o una boñiga palpitante. Es como tirar piedras contra mi propio tejado cuando vives en una casa sin tejado y todas las piedras van a caerte encima.

Qué le vamos a hacer.

Leedme, pero no me hagáis caso.

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