El horno huérfano.

p-horno-huerfanoImagina que en tu mundo llueven cuchillos. Que tu padre es un objeto indefinido de latón y cobre armado con una mástil y una vela, y debes encadenarlo para que no se escape de tu cobertizo deslizándose a toda velocidad por las calles. Que tu madre es un secador de peluquería cobarde. Que un jarrón graba todo lo que piensas. Que la chica nueva de tu instituto está loca. Que te queda una semana de vida.

Ser adolescente es una experiencia traumática. Una enfermedad contra la que no hay vacuna. Cuando la sufres, no necesitas de condicionantes externos para sentir que tu vida es un infierno y que nada va a mejorar jamás. Eres tú y tus hormonas desbocadas en un baile impreciso de granos, grasa en el pelo y deseo sexual mal canalizado que descargas en un calcetín o  sacias con la alcachofa de la ducha. Te sientes tan capaz de hacerlo todo que piensas que no importa si lo empiezas mañana. Como ese mañana nunca llega, piensa que la vida es una mierda, te sientes como una mierda y todo tiene el opaco y monocorde color de la mierda. Lo de los leones que sueltan en horario lectivo para que nadie se fume las clases y el hedor a estado policial que no puedes quitarte de encima no dejan de ser detalles sin importancia.

Tienes las vitrinas llenas de dioses en miniatura que te avisan cuando los huevos están cocidos o la pizza crujiente. Tienes una círculo esotérico que te hipnotiza cada día y que cambia su patrón de lunes a domingo. Tienes a la madre de tu colega muerta en el patio de recreo y os subís a ella para hablar de fútbol o de cosas sin importancia. Es extraño, pero nadie parece sorprendido. Todos han asumido que las cosas son así.

El Horno Huérfano habla del destino. De lo inevitable de las cosas. De los calendarios que penden sobre nuestras cabezas como sogas de ahorcados. Habla de un mundo próximo a un País de las Maravillas esquizofrénico y paranoide en el que las cosas más extrañas son las más comunes. Nada tiene sentido, pero todo acaba por encajar como el mecanismo de un reloj con 25 horas.

Narrado con la más absoluta normalidad, con un academicismo pulcro, hay una atmósfera anodina que convierte en plausible lo monstruoso. El viaje iniciático que todo rebelde quiere emprender cuando siente que ya lo sabe todo  de la vida porque tiene catorce años, es aquí una huida hacia un muro de oscuridad e incertidumbre, mientras los aventureros son perseguidos por ancianos inexorables que representan al sistema.

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Metáforas, formas, trazos. Ríos de blanco y negro y mujeres que hacen música con las extremidades de sus antepasados. Decadencia industrial. Cementerios. Asilos. Aulas especiales para desequilibrados. El tufo de realidad que se condensa en cada una de las gotas de fantasía que escurren por el cristal tras el que miramos anonadados.

Rob Davis expone una historia que no necesita ser comprendida. Es un compendio de ideas que plantean una situación que no requiere explicación. Una especie de monumento a esa sensación de sentirte alienígena en un mundo controlado en el que antes todo parecía familiar. Como pulir la barriga de tu padre hasta que brille más que la de ningún otro progenitor. Como comer las galletas que tu madre/horno se acaba de sacar de la barriga. Como caminar rodeado por un tormenta de risas con los ojos llenos de lágrimas.

Yo voy a sentarme a esperar esa segunda parte que sé que nadie escribirá jamás.

*El Horno Huérfano ha sido editado en España por la editorial La Cúpula.

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