Mortal y rosa.

Los regalos.

Los regalos son lo mejor de la vida.

Sobre todo los regalos que no son lo que te esperas.  Esos son lo máximo.

No hay sensación en el mundo que pueda superar ese momento en el que abres uno de esos paquetes que se asemejan a algo que puede parecer previsible y descubrir, justo al retirar la última capa de papel, que es otra cosa totalmente distinta y que llevabas mucho tiempo deseando. Como la cara es el espejo del alma, solo hay que mirarte el rostro para saber que estás encantado. Es esa parte de niño avaricioso de la que jamás lograremos desprendernos.

Es algo muy parecido a la incertidumbre a la que uno se enfrenta cuando lee por primera vez a un autor del que apenas sabes nada, tiene ese punto emocionante que necesitas sentir cuando consumes cine, literatura o cómic. Ese instante inigualable que sucede ante tus ojos cuando abres la portada o comienzan a escucharse los primeros compases de la música de una película. Si además, nada más empezar, lo que recibes es una de esas bofetadas que te despiertan y te salvan de precipitarte por el abismo del aburrimiento, el agradecimiento solo puede ser doble. Son ocasiones a menudo escasas, casi extraordinarias, acostumbrados a vivir esta vida de rutina en la  que tenemos que luchar con uñas y dientes para superar tanta mediocridad.

Por eso lo excepcional nos cautiva, nos hipnotiza, nos deja con la sonrisa torcida del que acaba de tener un orgasmo o una embolia, intentando decidir, sin éxito, cual de las dos cosas acabamos de sufrir.

Gummy Girl, el primer cómic de Isa Ibaibarriaga es todo eso y un poco más. Es un tebeo en el que los colores rosados no son más que una trampa visual para narrar una historia terrible en la que nada es lo que parece. La adolescencia y todas las metáforas con las que a lo largo de la historia literaria del siglo XX se nos ha ido inundando, desde Spiderman a Carrie, se dan la mano para contar un cuento truculento que firmarían unos bisoños Daniel Clowes o Charles Burns. Todo es bonito y extraño a la vez. Inocente pero letal. Blandito pero afilado. Todo se dispone a través de una historia de instituto que huele a tragedia retorcida antes casi de empezar. Una protagonista con nombre de apocalipsis nuclear. Una clase llena de imbéciles. Un descubrimiento de la sexualidad pubescente que produce un profundo desasosiego, la percepción de una incomodidad que se va haciendo inminente, un sentimiento de que algo terrible va a suceder que se puede palpar en cada una de las páginas de esta historia.

Y todo narrado con un precioso bitono que suda (como la protagonista) esencia de chicle de fresa ácida. Una trampa mortal para el cerebro que acaba descolocado pero con la mueca satisfecha del que acaba de comprender que lo que le acaban de enseñar es un regalo envenenado del que no podrá huir a base de recordarlo.

En resumen, un trabajo que te deja ojiplático, realizado por una autora novel en la concepción de obras largas que se declara seguidora (y es entonces cuando comprendes muchas cosas) de Suheiro Maruo, Dave Cooper o David Lynch.

Ten cuidado. Vas a leer un cómic lleno de chicle. Pero es un chicle peligroso. Cuando lo acabes, las palabras Cheiw o Boomer nunca te sonarán de igual manera.

Gummy Girl ha sido publicado por GP Ediciones en colaboración con Thermozero Cómics.

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