LA FAVORITA.

Mathias Lehman - La favorita - cubierta.inddEl terror está en lo habitual. En lo cotidiano. Se encuentra lejos de lo sobrenatural y fantástico, porque lo que realmente da miedo es lo que sí te puede pasar. Lo tangible. Lo posible. Fantasmas, vampiros y hombres lobos no dejan de ser representaciones irreales de nuestras fobias, una manera de exorcizar los demonios personales mediante iconos reconocibles a los que podemos vencer con elementos tan mundanos como la sal, la plata o el ajo. El horror de verdad es el que nos asalta al experimentar historias sufridas por vecinos, amigos o familiares, gente corriente de la que te cruzas todos los días por la calle, lejos de los Cárpatos, las tumbas egipcias o las casas encantadas.

La Favorita es una bofetada directa a nuestra moral, un artificio que juega a encubrir el espanto de una historia terrible bajo el manto del despertar sexual de una niña que vive en una fotocopia del averno. Lo que en principio parece un cuadro costumbrista casi victoriano, se va transformando en un relato sobrecogedor cuyo final es un catalogo de locura, demencia y frustración visto a través de los ojos inocentes de la infancia.

Matthias Lehmann, en riguroso blanco y negro, va trazando un camino que describe a cada uno de los personajes, estableciendo las sorpresas y los golpes de efecto con medida precisión. Cada página es un tapiz lleno de monstruos reales que, por cobardía o enfermedad, se someten a la tragedia, incapaces de encontrar algo mejor en sus tristes vidas. Todo lo que ocurre sorprende por cotidiano, por tangible, porque nunca sufres esa sensación de imposibilidad que te ayuda a alejarte de la historia y no sentirla tan cerca. No hay villanos aquí. Solos seres patéticos viviendo una existencia desgraciada. Personajes egoístas que infligen dolor buscando sentirse mejor; un sufrimiento que representa un pequeño incremento en su cuota de alegría, como un resquicio por el que contemplar con desesperanza que lo único que les queda es amargura. El final, tan tremendo como inevitable, muestra con crudeza lo fácil que llegamos a adaptarnos a la catástrofe, la indiferencia con la que asumimos lo impensable, lo poco que puede llegar a durar nuestra indignación, sobrecargados nuestros sentidos por el alud de informaciones demoledoras de las que nos provee a diario nuestra miserable especie. Viendo la conclusión de La Favorita, el ser humano parece arcilla adicta al trauma, a veces invulnerable a la bola de demolición, a veces frágil ante un simple estornudo.

Decían los existencialistas que “el infierno son los otros”. Quizá sí lo seamos. Y no como enemigos de un universo que construimos al apreciar la realidad con los sentidos; un mundo en el que chocamos como individuos que particularizan su propia creación en confrontación con la de los demás. Quizá seamos el infierno para todos los demás porque en nuestro interior existe un horno que hierve con la capacidad de generar una maldad aterradora y aplastante; un espanto violento que a veces atribuimos a engendros y espíritus, incapaces de asumir nuestra propia habilidad para ejecutar la vileza más extrema, excusados en la búsqueda de una felicidad imposible.

*Publicada el 17/04/2016 en el Diario del Alto Aragón.

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