EL ELEFANTE QUE ENTRÓ EN UNA CACHARRERÍA Y NO ROMPIÓ NADA. (II)

Esa puta brecha en la ceja no pinta nada bien. La sangre cae sobre tu ojo, que pronto estará tan hinchado que no te servirá más que para recordarte que estuvo ahí. Llevas tres minutos tratando de esquivar puñetazos con una inmensa zona ciega a tu derecha, y el cabrón de Oberón no deja de castigarte por tu lado más débil. Esto es la guerra y aquí nadie sabe de reglas.

Cómo duele, joder. Cómo te duele todo. Tantos años paseándote por la cima te han vuelto blando. Han conseguido que dejes de sufrir. Han logrado que seas una estrella hueca. Bien por ti. El cascarón por el que tan plácidamente has discurrido está a punto de irse a tomar por el culo.

Otro puñetazo. Y otro más. Tu ceja ya nunca más será una ceja. La máscara que es tu piel chilla toda de rojo y plata. Otro puñetazo. Te falla una rodilla. Oberón se sitúa a tu espalda y te hace un estrangulamiento que no puedes evitar. Intentas colar tus manos bajo tus brazos. Haces palanca. No tienes nada que hacer. El poco aire que conseguiste pescar se despide de ti cuando te da una patada en los riñones que hace que te quedes vacío. El mundo es una niebla gris que se va fundiendo al negro. Apoyas tu otra rodilla en la lona. Baba y sangre escurren por la comisura de tu boca hacia el codo inexorable que te asfixia.

Qué jodido estás.

Tu vida, como en una muerte, se proyecta veloz sobre tus párpados machacados.

Por fin, en el pinganillo de tu oreja, la voz de tu manager suena tras quince minutos de tortura.

-Tu victoria se paga 23 a 1. A mí me vale.

Y a ti también.

Es hora de conectarse.

Una de las ventajas de ser el número uno del mundo en algo es que te facilita el acceso a puertas que para el resto están cerradas. Puertas de todo tipo. Puertas que dan a mujeres. Puertas que dan a dinero. Puertas que dan a conocimientos prohibidos. Todo depende de lo que busques, de lo que quieras y de lo que te guste, pero la idea básica es que con fama y dinero, puede conseguir lo que sea.

Para ser alguien adicto a la pelea, nacido con uniforme de batalla y condenado por el destino a ser el mejor en eso de dar hostias mitológicas, tú siempre quisiste saber más. Ser mejor. Evolucionar. Toda una infancia de dibujos japoneses que hablaban de gente que no hacía más que crecer marcó tu concepto de superación y crecimiento. Tu vida se convirtió en una búsqueda incansable del siguiente prefijo superlativo. Pasar del súper al híper. Del mega al ultra. Del tera al zetta. Nunca llegar porque habías nacido con la ceguera selectiva del que sabe que no tiene final. Volverte más fuerte. Conseguir una invencibilidad real. Superar eso de obtener una invulnerabilidad suprema. Volverte todo un superguerrero.

Y entonces distes con los siete esclavos. Con los ocho puntos de presión. Con la garra de la gran bestia muerta. Con el mono alcoholizado y letal. Con el chakra oculto y con el puerto occipital que nos conecta con la energía de un universo muerto. Con una fuente ilimitada de poder sin coste alguno. Con un acceso directo a un Olimpo de combustible inagotable.

Diste con la sala en la que esperar al siguiente dios. Y decidiste quedarte.

Pronuncias el mantra casi inconsciente, apurando tus opciones para delirio del público. Siete palabras mezcladas en siete idiomas extintos. Siete muestras de respeto, odio, furia, trabajo, dolor y miedo. Siete vocablos que suenan como gestos.

Y trasciendes.

El público dirá que nadie vio bien lo que sucedió. Hubo un estallido de energía y, de repente, dos seres antagónicos comenzaron a golpearse de manera incansable sobre el cuadrilátero. Luz y oscuridad. Orden y caos. Bien y mal. Cada puñetazo una explosión de realidad que hacía temblar los cimientos de todo lo conocido. Cada patada una palanca perfecta en las grietas de lo posible. Cada cabezazo una embestida contra lo concebible, esperable, mesurable y contenible.

El estadio fue una fuente de radiación latiendo al ritmo de los golpes, un corazón de energía que fue marcando el ritmo de una canción que hizo decelerar el planeta. Cuando la orgía acabó, sobre el ring humeante solo quedaron dos estelas negruzcas manchando la lona, como un recuerdo de dos hogueras demasiado poderosas.

El Rayo Argenta y Oberón habían desaparecido.

PRIMERA PARTE

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