Star Wars: El Despertar de la Fuerza all over again.

Algo viejo. Algo nuevo. Algo azul. Algo prestado.

No. No nos vamos a casar. Acabamos de salir del cine de ver El Despertar de la Fuerza y la sensaciones, cuando menos, son encontradas. Es una especie de sí pero no que se mezcla con un no pero sí. En ese momento es difícil de explicar y, cuando poco a poco vas analizando la película en tu cabeza, te das cuenta de que es mucho más un no que un sí, pero un no que puede conducir a futuros síes. Es decir sales del cine hecho un lío porque estabas deseando que la película te apasionara, y todo se ha quedado en una especie de emoción moderada ante lo que puede pasar pero igual no pasa. Estamos ante el kamikaze que se inmola porque es un villano ansioso de redención y debe abrir paso a los nuevos héroes. Verle arder es divertido pero no saldrá nunca en las placas conmemorativas.

J.J. Abrams es un reinventor. Un recreador. Un distorsionador de nuestra imaginería tradicional competente y capacitado. Tiene un innegable sentido del espectáculo visual y sus películas son ejercicios medidos de producción en lo que casi todo funciona con una perfección pasmosa. J.J. Abrams es un más que solvente constructor de remakes (como ya demostrara en las dos películas de Star Trek que tiene en su haber), pero un deficiente imaginador de nuevas mitologías, como bien dice Ander Luque en su reseña en Zona Zhero.

Y es que este episodio VII no es otra cosa que un remix de los episodios I, II y III; una batidora muy cara cuyo resultado es una especie de reboot encubierto que sigue (a veces de manera casi milimétrica) gran parte de lo narrado en la película de 1977 que abrió la saga. Hay una sensación casi apabullante de “esto yo ya lo he visto” que a veces se hace dolorosa por forzada y poco necesaria. Establecer una estructura casi calcada a la de la Guerra de las Galaxias original, volviendo a colocar a personajes nuevos en situaciones viejas, convierte a esta película en ese hermana fea que cede el zapato de cristal a una cenicienta aún por venir. Si es que llega. Posibilidades existen, pero corremos el peligro de establecer un bucle del que es imposible salir y recrear en el episodio VIII, paso por paso, la legendaria El Imperio Contraataca. (Aunque, pensándolo bien, a mí ya me valdría…)

Hay algunos aciertos, la mayoría de ellos visuales, y algunas escenas de acción frenéticas e incluso apabullantes. Se puede decir sin temor a equivocarse que el universo de Star Wars nunca pareció tan real, espectacular y bonito. Hay algún momento para la nostalgia sincera, para la sonrisa cómplice y un homenaje que dura gran parte de la película a la mejor nave espacial jamás construida, diseñada y pilotada.

Pero por desgracia, también hay un buen número de errores garrafales, la mayoría de ellos fruto de un guión endeble, en ocasiones cogido con pinzas muy finas; un guión que trata de contentar a los viejos fanáticos de la saga dándoles de una ración de eso que llevaban 30 años esperando porque lo vieron exactamente así hace 30 años, mientras fuerza la máquina a veces de manera bochornosa para entregar en bandeja un producto al que se puedan acercar los jóvenes, esos mismos jóvenes que saldrán del cine con inusitadas y feroces ansias de merchandising.

De los nuevos personajes, me quedo, con diferencia, con un Kylo Ren de grandes posibilidades a pesar de un tramo final un poco patoso, que carcome en gran medida el aura amenazante y poderosa que se va construyendo a lo largo de la película. Rey es adorable en su inocencia de nuevo e inconsciente icono de la Fuerza, BB8 es muy mono sin ser R2D2 (uno de los momentos más divertidos de la película es suyo), y Finn me parece una adición que moriría muy bien en pantalla. A poder ser en el minuto 1 de la siguiente película.

En cuanto a las viejas glorias Han Solo esta MUY mayor, Leia parece Yoda y, de forma sorprendente para aquellos que todavía pensamos que rodó el Retorno del Jedi con una careta de cera a medio derretir, Luke Skywalker está imponente en su breve (y totalmente previsible) aparición final.

En resumidas cuentas, un gran espectáculo de entretenimiento propio de una producción mastodóntica, bien hecho y cuidado, que falla de manera escandalosa al plantearse como una continuación pura de una historia épica y mítica, cuando lo que en realidad se nos sirve es un remake encubierto que resume la trilogía original y prepara el terreno para una nueva generación de fans que están esperando que su Imperio contraataque. Y digo bien. El suyo. El que generacionalmente les corresponde. Un Imperio en el que impera la igualdad sexual, el respeto étnico y los malos que cuando se quitan la careta parecen judíos surgidos de El Mercader de Venecia. Una especie de coitus interruptus para los que esperábamos ver en el cine algo nuevo de verdad, una continuación sin trampas que dejara atrás lo viejo y lo prestado, porque aunque sentimos un cariño inapelable por aquellas películas, ninguno fuimos al cine a casarnos.

Quién sabe. Quizá la próxima. La pista de baile está preparada…

Anuncios