EL ELEFANTE QUE ENTRÓ EN UNA CACHARRERÍA Y NO ROMPIÓ NADA. (II)

Esa puta brecha en la ceja no pinta nada bien. La sangre cae sobre tu ojo, que pronto estará tan hinchado que no te servirá más que para recordarte que estuvo ahí. Llevas tres minutos tratando de esquivar puñetazos con una inmensa zona ciega a tu derecha, y el cabrón de Oberón no deja de castigarte por tu lado más débil. Esto es la guerra y aquí nadie sabe de reglas.

Cómo duele, joder. Cómo te duele todo. Tantos años paseándote por la cima te han vuelto blando. Han conseguido que dejes de sufrir. Han logrado que seas una estrella hueca. Bien por ti. El cascarón por el que tan plácidamente has discurrido está a punto de irse a tomar por el culo.

Otro puñetazo. Y otro más. Tu ceja ya nunca más será una ceja. La máscara que es tu piel chilla toda de rojo y plata. Otro puñetazo. Te falla una rodilla. Oberón se sitúa a tu espalda y te hace un estrangulamiento que no puedes evitar. Intentas colar tus manos bajo tus brazos. Haces palanca. No tienes nada que hacer. El poco aire que conseguiste pescar se despide de ti cuando te da una patada en los riñones que hace que te quedes vacío. El mundo es una niebla gris que se va fundiendo al negro. Apoyas tu otra rodilla en la lona. Baba y sangre escurren por la comisura de tu boca hacia el codo inexorable que te asfixia.

Qué jodido estás.

Tu vida, como en una muerte, se proyecta veloz sobre tus párpados machacados.

Por fin, en el pinganillo de tu oreja, la voz de tu manager suena tras quince minutos de tortura.

-Tu victoria se paga 23 a 1. A mí me vale.

Y a ti también.

Es hora de conectarse.

Una de las ventajas de ser el número uno del mundo en algo es que te facilita el acceso a puertas que para el resto están cerradas. Puertas de todo tipo. Puertas que dan a mujeres. Puertas que dan a dinero. Puertas que dan a conocimientos prohibidos. Todo depende de lo que busques, de lo que quieras y de lo que te guste, pero la idea básica es que con fama y dinero, puede conseguir lo que sea.

Para ser alguien adicto a la pelea, nacido con uniforme de batalla y condenado por el destino a ser el mejor en eso de dar hostias mitológicas, tú siempre quisiste saber más. Ser mejor. Evolucionar. Toda una infancia de dibujos japoneses que hablaban de gente que no hacía más que crecer marcó tu concepto de superación y crecimiento. Tu vida se convirtió en una búsqueda incansable del siguiente prefijo superlativo. Pasar del súper al híper. Del mega al ultra. Del tera al zetta. Nunca llegar porque habías nacido con la ceguera selectiva del que sabe que no tiene final. Volverte más fuerte. Conseguir una invencibilidad real. Superar eso de obtener una invulnerabilidad suprema. Volverte todo un superguerrero.

Y entonces distes con los siete esclavos. Con los ocho puntos de presión. Con la garra de la gran bestia muerta. Con el mono alcoholizado y letal. Con el chakra oculto y con el puerto occipital que nos conecta con la energía de un universo muerto. Con una fuente ilimitada de poder sin coste alguno. Con un acceso directo a un Olimpo de combustible inagotable.

Diste con la sala en la que esperar al siguiente dios. Y decidiste quedarte.

Pronuncias el mantra casi inconsciente, apurando tus opciones para delirio del público. Siete palabras mezcladas en siete idiomas extintos. Siete muestras de respeto, odio, furia, trabajo, dolor y miedo. Siete vocablos que suenan como gestos.

Y trasciendes.

El público dirá que nadie vio bien lo que sucedió. Hubo un estallido de energía y, de repente, dos seres antagónicos comenzaron a golpearse de manera incansable sobre el cuadrilátero. Luz y oscuridad. Orden y caos. Bien y mal. Cada puñetazo una explosión de realidad que hacía temblar los cimientos de todo lo conocido. Cada patada una palanca perfecta en las grietas de lo posible. Cada cabezazo una embestida contra lo concebible, esperable, mesurable y contenible.

El estadio fue una fuente de radiación latiendo al ritmo de los golpes, un corazón de energía que fue marcando el ritmo de una canción que hizo decelerar el planeta. Cuando la orgía acabó, sobre el ring humeante solo quedaron dos estelas negruzcas manchando la lona, como un recuerdo de dos hogueras demasiado poderosas.

El Rayo Argenta y Oberón habían desaparecido.

PRIMERA PARTE

Anuncios

LA FAVORITA.

Mathias Lehman - La favorita - cubierta.inddEl terror está en lo habitual. En lo cotidiano. Se encuentra lejos de lo sobrenatural y fantástico, porque lo que realmente da miedo es lo que sí te puede pasar. Lo tangible. Lo posible. Fantasmas, vampiros y hombres lobos no dejan de ser representaciones irreales de nuestras fobias, una manera de exorcizar los demonios personales mediante iconos reconocibles a los que podemos vencer con elementos tan mundanos como la sal, la plata o el ajo. El horror de verdad es el que nos asalta al experimentar historias sufridas por vecinos, amigos o familiares, gente corriente de la que te cruzas todos los días por la calle, lejos de los Cárpatos, las tumbas egipcias o las casas encantadas.

La Favorita es una bofetada directa a nuestra moral, un artificio que juega a encubrir el espanto de una historia terrible bajo el manto del despertar sexual de una niña que vive en una fotocopia del averno. Lo que en principio parece un cuadro costumbrista casi victoriano, se va transformando en un relato sobrecogedor cuyo final es un catalogo de locura, demencia y frustración visto a través de los ojos inocentes de la infancia.

Matthias Lehmann, en riguroso blanco y negro, va trazando un camino que describe a cada uno de los personajes, estableciendo las sorpresas y los golpes de efecto con medida precisión. Cada página es un tapiz lleno de monstruos reales que, por cobardía o enfermedad, se someten a la tragedia, incapaces de encontrar algo mejor en sus tristes vidas. Todo lo que ocurre sorprende por cotidiano, por tangible, porque nunca sufres esa sensación de imposibilidad que te ayuda a alejarte de la historia y no sentirla tan cerca. No hay villanos aquí. Solos seres patéticos viviendo una existencia desgraciada. Personajes egoístas que infligen dolor buscando sentirse mejor; un sufrimiento que representa un pequeño incremento en su cuota de alegría, como un resquicio por el que contemplar con desesperanza que lo único que les queda es amargura. El final, tan tremendo como inevitable, muestra con crudeza lo fácil que llegamos a adaptarnos a la catástrofe, la indiferencia con la que asumimos lo impensable, lo poco que puede llegar a durar nuestra indignación, sobrecargados nuestros sentidos por el alud de informaciones demoledoras de las que nos provee a diario nuestra miserable especie. Viendo la conclusión de La Favorita, el ser humano parece arcilla adicta al trauma, a veces invulnerable a la bola de demolición, a veces frágil ante un simple estornudo.

Decían los existencialistas que “el infierno son los otros”. Quizá sí lo seamos. Y no como enemigos de un universo que construimos al apreciar la realidad con los sentidos; un mundo en el que chocamos como individuos que particularizan su propia creación en confrontación con la de los demás. Quizá seamos el infierno para todos los demás porque en nuestro interior existe un horno que hierve con la capacidad de generar una maldad aterradora y aplastante; un espanto violento que a veces atribuimos a engendros y espíritus, incapaces de asumir nuestra propia habilidad para ejecutar la vileza más extrema, excusados en la búsqueda de una felicidad imposible.

*Publicada el 17/04/2016 en el Diario del Alto Aragón.

Mortal y rosa.

Los regalos.

Los regalos son lo mejor de la vida.

Sobre todo los regalos que no son lo que te esperas.  Esos son lo máximo.

No hay sensación en el mundo que pueda superar ese momento en el que abres uno de esos paquetes que se asemejan a algo que puede parecer previsible y descubrir, justo al retirar la última capa de papel, que es otra cosa totalmente distinta y que llevabas mucho tiempo deseando. Como la cara es el espejo del alma, solo hay que mirarte el rostro para saber que estás encantado. Es esa parte de niño avaricioso de la que jamás lograremos desprendernos.

Es algo muy parecido a la incertidumbre a la que uno se enfrenta cuando lee por primera vez a un autor del que apenas sabes nada, tiene ese punto emocionante que necesitas sentir cuando consumes cine, literatura o cómic. Ese instante inigualable que sucede ante tus ojos cuando abres la portada o comienzan a escucharse los primeros compases de la música de una película. Si además, nada más empezar, lo que recibes es una de esas bofetadas que te despiertan y te salvan de precipitarte por el abismo del aburrimiento, el agradecimiento solo puede ser doble. Son ocasiones a menudo escasas, casi extraordinarias, acostumbrados a vivir esta vida de rutina en la  que tenemos que luchar con uñas y dientes para superar tanta mediocridad.

Por eso lo excepcional nos cautiva, nos hipnotiza, nos deja con la sonrisa torcida del que acaba de tener un orgasmo o una embolia, intentando decidir, sin éxito, cual de las dos cosas acabamos de sufrir.

Gummy Girl, el primer cómic de Isa Ibaibarriaga es todo eso y un poco más. Es un tebeo en el que los colores rosados no son más que una trampa visual para narrar una historia terrible en la que nada es lo que parece. La adolescencia y todas las metáforas con las que a lo largo de la historia literaria del siglo XX se nos ha ido inundando, desde Spiderman a Carrie, se dan la mano para contar un cuento truculento que firmarían unos bisoños Daniel Clowes o Charles Burns. Todo es bonito y extraño a la vez. Inocente pero letal. Blandito pero afilado. Todo se dispone a través de una historia de instituto que huele a tragedia retorcida antes casi de empezar. Una protagonista con nombre de apocalipsis nuclear. Una clase llena de imbéciles. Un descubrimiento de la sexualidad pubescente que produce un profundo desasosiego, la percepción de una incomodidad que se va haciendo inminente, un sentimiento de que algo terrible va a suceder que se puede palpar en cada una de las páginas de esta historia.

Y todo narrado con un precioso bitono que suda (como la protagonista) esencia de chicle de fresa ácida. Una trampa mortal para el cerebro que acaba descolocado pero con la mueca satisfecha del que acaba de comprender que lo que le acaban de enseñar es un regalo envenenado del que no podrá huir a base de recordarlo.

En resumen, un trabajo que te deja ojiplático, realizado por una autora novel en la concepción de obras largas que se declara seguidora (y es entonces cuando comprendes muchas cosas) de Suheiro Maruo, Dave Cooper o David Lynch.

Ten cuidado. Vas a leer un cómic lleno de chicle. Pero es un chicle peligroso. Cuando lo acabes, las palabras Cheiw o Boomer nunca te sonarán de igual manera.

Gummy Girl ha sido publicado por GP Ediciones en colaboración con Thermozero Cómics.

Reír.

Es en días como estos en los que la comedia y el humor son más necesarios que nunca. Yo diría que son más que necesarios. Son vitales, sobre todo porque son el chiste, la ironía y la carcajada elementos que nos distinguen, más que ningún otro, de los seres irracionales. Saber reírse de uno mismo, aceptar las bromas, entender el humor como un mecanismo de desahogo que nos ayuda a olvidar sinsabores y desgracias es lo que nos diferencia de los animales y, sobre todo, de los animales fanáticos y extremistas.

Es en estos momentos de tragedia cuando uno necesita encontrar algo con lo que disfrutar y sonreír; algo que le haga olvidar todo lo malo que sucede a su alrededor; algo que le ayude a pasar un rato entretenido sin pensar en otra cosa que en divertirse, coflarse en el sofá y echarse una cerveza fresquita o un café con un chorrito de brandy.

Es en instantes como el de ahora, en la que sufrimos tragedia tras tragedia víctimas de un odio absurdo, en el que uno aprecia sobre todas las cosas cómics como esta segunda parte de El Último Aragonés Vivo titulada La Amenaza Robótica. Un tebeo plagado de garrulos, músicos aragoneses ilustres, reyes conquistadores legendarios, justicieros de cervicales laxas, futbolistas dignos de formar defensa con Martagón o Diego y un trasunto de Robert Neville que viste calzoncillos Abanderado con palomino y camisetas Imperio con roncha de sudor. Eso cuando no corre desnudo por el monte huyendo de rayos láser y explosiones varias, mientras su pene (que nada tiene que envidiar al de un equino) se bambolea libremente.

Hay detrás de todo esto un mundo postapocalíptico y regional que va tomando forma aventura a aventura, y que en este segundo tomo va trazando líneas de historias de algo que podríamos llamar Agrociencia Ficción. Hay mucho de local y baturro en lo que se narra. Mucha referencia a la idiosincrasia aragonesa, a la tierra que nos vio nacer y al sentir de un pueblo obstinado y orgulloso. Sin embargo, todo lo que en el primer tomo era presentación de personajes y aventuras contra un francés invasor ansioso por restañar heridas surgidas de La Guerra de Independencia, aquí comienza a plagarse de robots, laboratorios secretos, máquinas de clonación y elementos más propios de esa misma ciencia ficción de la que David Terrer, el guionista, se declara fan confeso. No sólo eso; este zaragozano tiene el valor de escribir un cómic en el que los monumentos más emblemáticos de la ciudad de Huesca son arrasados, y encima el jodido tiene gracia. Para ser un cheposo, claro está. (Lo dice un fato desde el cariño más sincero).

Era difícil igualar el éxito del primer número (que ganó el premio al mejor guión en el Salón del Cómic de Zaragoza el año 2014) y si bien es cierto que se pierde parte de la frescura de la historia anterior en la que la novedad era parte esencial del proceso, en este segundo volumen se establecen las guías de lo que serán las siguientes entregas de la serie: humor, aventuras, tecnología disparatada y una miajica de pan. Y todo eso tiene muy buena pinta.

El dibujo de esta segunda parte sigue corriendo a cargo de Carlos Azagra, auténtico titán del cómic español y una de las figuras emblemáticas de la revista El Jueves y del tebeo humorístico y combativo. Bajo su máxima “el lápiz es para cobardes”, Azagra mantiene un estilo de trabajo tradicional en el que dibuja directamente con pluma y tinta china, sin intermediarios entre el papel y el trazo. Una auténtica locura que se ajusta como un guante a lo que hay que contar. para un cómic de humor, uno de los icónicos dibujantes humorísticos españoles. Encarna Revuelta pone los colores que empastan y unifican el dibujo, y lo hace de manera también artesanal, con acuarelas y pinceles, ajena a la paletas preprogramadas del Photoshop. Una auténtica delicia para los ojos. Sus luces dulcifican el agresivo trazo de Azagra formando uno de esos tándems inseparables que funcionan como un reloj. Se conocen y se entienden artísticamente a la perfección, y eso se nota.

En cuanto a la edición de GP, lo único que puedo decir es que no han parado de crecer desde que los conozco. Tomo tras tomo están labrando un camino con identidad reconocible que se va consolidando poco a poco y por lo que sé (o por lo que me han contado) es una aventura que no se va a detener. Y lo que me alegro.

Terrer, Azagra, Revuelta y GP Ediciones, cuatro enormes patas para un estupendo banco.

El conjunto, al final, respira personalidad y carisma. Se huele el aroma de un personaje pensado para perdurar en la memoria y en la librería, asaltando año a año las estanterías como una especie de Astérix patrio. Un par de historias más, y seguro que lo consiguen.

El Último Aragonés vivo: La Amenaza Robótica, editado por GP Ediciones.

El horno huérfano.

p-horno-huerfanoImagina que en tu mundo llueven cuchillos. Que tu padre es un objeto indefinido de latón y cobre armado con una mástil y una vela, y debes encadenarlo para que no se escape de tu cobertizo deslizándose a toda velocidad por las calles. Que tu madre es un secador de peluquería cobarde. Que un jarrón graba todo lo que piensas. Que la chica nueva de tu instituto está loca. Que te queda una semana de vida.

Ser adolescente es una experiencia traumática. Una enfermedad contra la que no hay vacuna. Cuando la sufres, no necesitas de condicionantes externos para sentir que tu vida es un infierno y que nada va a mejorar jamás. Eres tú y tus hormonas desbocadas en un baile impreciso de granos, grasa en el pelo y deseo sexual mal canalizado que descargas en un calcetín o  sacias con la alcachofa de la ducha. Te sientes tan capaz de hacerlo todo que piensas que no importa si lo empiezas mañana. Como ese mañana nunca llega, piensa que la vida es una mierda, te sientes como una mierda y todo tiene el opaco y monocorde color de la mierda. Lo de los leones que sueltan en horario lectivo para que nadie se fume las clases y el hedor a estado policial que no puedes quitarte de encima no dejan de ser detalles sin importancia.

Tienes las vitrinas llenas de dioses en miniatura que te avisan cuando los huevos están cocidos o la pizza crujiente. Tienes una círculo esotérico que te hipnotiza cada día y que cambia su patrón de lunes a domingo. Tienes a la madre de tu colega muerta en el patio de recreo y os subís a ella para hablar de fútbol o de cosas sin importancia. Es extraño, pero nadie parece sorprendido. Todos han asumido que las cosas son así.

El Horno Huérfano habla del destino. De lo inevitable de las cosas. De los calendarios que penden sobre nuestras cabezas como sogas de ahorcados. Habla de un mundo próximo a un País de las Maravillas esquizofrénico y paranoide en el que las cosas más extrañas son las más comunes. Nada tiene sentido, pero todo acaba por encajar como el mecanismo de un reloj con 25 horas.

Narrado con la más absoluta normalidad, con un academicismo pulcro, hay una atmósfera anodina que convierte en plausible lo monstruoso. El viaje iniciático que todo rebelde quiere emprender cuando siente que ya lo sabe todo  de la vida porque tiene catorce años, es aquí una huida hacia un muro de oscuridad e incertidumbre, mientras los aventureros son perseguidos por ancianos inexorables que representan al sistema.

Motherless-1

Metáforas, formas, trazos. Ríos de blanco y negro y mujeres que hacen música con las extremidades de sus antepasados. Decadencia industrial. Cementerios. Asilos. Aulas especiales para desequilibrados. El tufo de realidad que se condensa en cada una de las gotas de fantasía que escurren por el cristal tras el que miramos anonadados.

Rob Davis expone una historia que no necesita ser comprendida. Es un compendio de ideas que plantean una situación que no requiere explicación. Una especie de monumento a esa sensación de sentirte alienígena en un mundo controlado en el que antes todo parecía familiar. Como pulir la barriga de tu padre hasta que brille más que la de ningún otro progenitor. Como comer las galletas que tu madre/horno se acaba de sacar de la barriga. Como caminar rodeado por un tormenta de risas con los ojos llenos de lágrimas.

Yo voy a sentarme a esperar esa segunda parte que sé que nadie escribirá jamás.

*El Horno Huérfano ha sido editado en España por la editorial La Cúpula.

Pues a mí me ha encantado.

Que no os digan qué leer. Que no os obliguen a nada. Que no os digan lo que está bien y, sobre todo, no permitáis que nadie imponga su criterio al vuestro.

Si os gusta, os gusta. Aunque sea una mierda. Os gusta. Eso es lo importante. Ya pueden ir jodiendo todos los entendidos del mundo que dicen que lo que leéis es bazofia. Os gusta. Por alguna extraña razón, las conexiones neuronales de vuestro cerebro han establecido una relación placentera con los estímulos visuales y literarios que origina el objeto de vuestra adoración.  Y eso ya es más que suficiente. Porque es vuestro. Y, sobre todo, porque el gusto es algo subjetivo. Propio. Personal. Intransferible.

Al próximo que os diga que para gustos colores o que hay tantas opiniones como culos ya lo podéis ir mandando a la mierda, porque ambas frases (que todos hemos pronunciado alguna vez) están cargadas de una condescendencia que oculta un “no tienes ni puta idea porque eso que adoras/lees/dibujas/dices es como un potaje de mierda”.

Luego llegarán las academias a colocar parámetros en el arte, a medir estrofas, a cuantificar la belleza.  Establecerán cánones y harán manuales en los que tasarán la inspiración. Y todo eso será una patraña repugnante. Porque debemos ser John Keating y arrancar las páginas que nos hablen de la métrica. Debemos sentarnos y disfrutar. Y leer. Y seguir leyendo. Y pasar horas y horas enterrados entre cómics hasta forjar un criterio propio basado en los condicionantes más aleatorios que podamos imaginar. La edad. La circunstancia. El dinero. El tiempo. A quién coño le importa.

Y si te equivocas, no pasa nada. Porque es imposible equivocarse. Puedes fallar con el cálculo, con la física, al realizar un equilibrio químico. Puedes cometer errores gramaticales al escribir, pero nunca erraras con tus gustos. Serán diferentes. Extraños. Estrambóticos. Valientes. Inusuales. Comunes. Serán los que vienen condicionados y dirigidos por la masa y por ese gigantesco medio de manipulación que llamamos “los medios”. Pero serán tuyos. Y solo tuyos. Y nunca podrán estar equivocados. No dejes que te los impongan. No trates de imponerlos. Tan solo edúcalos. Cultívalos. Haz que crezcan con cada una de tus lecturas. Ten la mente abierta. Corre algún que otro riesgo de vez en cuando. Diversifica. Juégatela. Sé tú mismo, sobre todas las cosas. Y disfruta.

Tan solo eso. Disfruta.

Porque al final, aquello que queda en tu recuerdo y te acompañará el resto de tu vida, es aquello que te arrancó una sonrisa o una lágrima en el momento adecuado. Y eso, además de ser impredecible e instantáneo, es algo precioso.

Que conste que esto lo dice alguien que lleva tres años largos escribiendo reseñas, que no dejan de ser un intento de convencer a los demás de que lo que has leído es una obra maestra o una boñiga palpitante. Es como tirar piedras contra mi propio tejado cuando vives en una casa sin tejado y todas las piedras van a caerte encima.

Qué le vamos a hacer.

Leedme, pero no me hagáis caso.

Sangre Americana

sangre_americanoEs un hecho consumado.

Prefiero la mostaza al ketchup. Adoro las acelgas. Cada vez como más dulce. Mis gustos están cambiando. Lo que antes era pura pasión por líneas cinéticas insertadas en cuerpos clónicos y dibujantes que copiaban hasta el frenazo de los calzoncillos de Jim Lee, se ha convertido por un querencia desarrollada hacia temas y estéticas que antaño hubiera considerado “horribles”. No solo eso. En este nuevo campo de exploración he encontrado ese material que satisface mi vena más chulesca, sucia y denigrante; ese yo que disfruta en secreto contemplando atrocidades, sexo explícito y guarro y violencia carente de sentido y nunca embellecida por un planteamiento formal que lo suavice. Sé que a menudo utilizamos la excusa de estar contemplando un dibujo para justificar ese placer sádico que nos recorre el cuerpo como un calambre al ser testigo de amputaciones, mutilaciones y asesinatos, pero no es más que la voz de Pepito Grillo que se afana por encontrar una razón a un fenómeno que no necesita ser explicado. La violencia atrae. Es magnética. Hipnótica. Es un enorme torbellino que nos engulle por puro atavismo, despertando esa parte reptiliana que se agazapa en nuestro cerebelo. Nos gusta. Disfrutamos con ella. Y en la ficción encontramos la excusa perfecta para no sentirnos culpables si sonreímos al ver como le vuelan los sesos al negrata de turno.

Hay algo adolescente en este placer. Algo pornográfico. Algo secreto. Es esa fuerza motriz que nos animaba a ilustrar nuestros cuadernos de religión con tías de tetas gigantes que se follaban a demonios de vergas kilométricas mientras disparan con ametralladoras de una simbología fálica inexcusable, causando dolor y muerte entre monjas de sexo rasurado salidas de una portada retorcida del Playboy. Eran dibujos que hacíamos con tinta azul mientras escuchábamos aburridos la lección de Geografía y hacíamos tiempo para que sonara el timbre y salir disparados por la puerta del instituto. En el camino a casa, como siempre, parábamos e el quiosco para ver si había llegado alguna grapa de Fórum o Zinco alternando la mirada, siempre de reojo, hacia la portada de alguna chica Private, una de esas mujeres que venían del norte y accedían a practicar doble penetración porque “más cornadas da el hambre”.

Benjamin Marra es todo esto y mucho más. No hace falta que ensalce su labor como narrador o dibujante porque actualmente hay en la red cientos de reseñas que se centran en alabar su tarea como autor de cómics. Sinceramente, y al menos en mis redes sociales, Sangre Americana* se ha convertido en el tebeo del año a la espera que de en noviembre salga El Azote del Terror y se nos propine una nueva y placentera patada en nuestros acomodados huevos. He leído todo tipo de referencias para hablar de los cómics de Marra. Desde el Underground americano más subversivo pasando por los cómics de la EC que el doctor Wertham derribó con un libro más dañino que toda la pronografía de la historia. Y todas son verdad. Porque lo que de verdad hace Marra es sublimar todo aquello que según  la sociedad americana del senador McCarthy seducía al inocente. Empuña un bolígrafo Bic (o simula que lo hace) y despliega páginas y páginas de la más insostenible, rotunda y desquiciada violencia. Se ríe de todo y de todos. Se caga en el rap porque lo adora. Deja en evidencia a Tarantino con un Django mucho más divertido que el suyo. Se mea en las películas de justicieros de Charles Bronson. Escribe un  guión a la altura de  Yo compré una moto vampiro pero mucho más divertido.

sangre-americana-int

Sutileza y contención.

Marra es un chulo de playa de tanga apretado y paquete de Marlboro en elástico de la cadera. Un Pepito Piscinas de manual que, además, no se avergüenza de serlo. Es el ligón de discoteca que al final se lleva a la tía a la que llevamos pagando Fantas toda la noche. Es más. Marra es un macarra empuñando un lápiz que se atreve a hacer todo lo que nosotros solo insinuamos en nuestros apuntes de instituto. Nos deja en evidencia. Nos agrede. Nos violenta. Nos da exactamente lo que buscamos: uno de esos cómics que volver a guardar bajo nuestro colchón con el placer culpable de la incorrección total.

A mí que me pongan cuarto y mitad de sus cómics todos los meses, por favor.

*Sangre Americana ha sido publicado en España por Autsider Comics

Pinocchio de Winshluss.

winshluss_26Leed Pinocchio.

Por favor.

Hacedlo.

Considerad que es un consejo que os da un buen amigo que solo quiere lo mejor para vosotros.

Leedlo.

Es como una especie de tarea vital pendiente que nadie puede dejar de cumplir.

Un hito.

Una necesidad fisiológica básica.

Una obligación.

Leedlo.

Porque hay cosas que uno debe tener en su bagaje cultural y vital de manera totalmente inexcusable.

Hacedlo, coño.

No os busquéis más excusas.

Dejad el puto móvil. Dejad de joder la vida de los demás en Twitter. Dejad de hacer el idiota en Facebook. Buscaos una rato libre. Sentaos en vuestro sofá preferido. Arrellanaos. Dejaos llevar.

Leedlo.

Luego ya sacad vuestras propias conclusiones.

Alucinad.

Odiadlo.

Envidiadlo de manera inexorable.

Lo que sea.

Cuando las opiniones vienen generados por una cosa tan grande, tan espectacular y tan buena, lo importante es que surjan. Lo de menos es la dirección.

Leedlo.

Después si queréis buscaos una reseña de verdad que analice su contenido.

A mi me ha flipado demasiado como para hacerlo.

Los límites del humor y la física cuántica.

El que espere leer un artículo sobre la decencia, la indignación, las frases sacadas de contexto y los chistes sobre judíos, niñas desaparecidas y víctimas de atentados varios, se ha equivocado de reseña.

Por Javier Marquina.

Que no, que no. Que yo aquí no he venido a hablar de política. Para eso ya tengo Facebook, que es ese lugar en el que puedes hablar y escuchar el eco de tus palabras con una mezcla de desolación y alivio. En la Isla hablamos de cultura. Y de cosas relacionadas con ella. Lo del título es un simple reclamo falso de una vileza similar a aquellas portadas de Marvel que te enseñaban algo que luego nunca estaba en el interior. Sí. Efectivamente. Aprendí de los mejores.

Colocar un tema candente el el título de tu artículo para atrapar al lector y luego hablarle de la influencia de la cría del gusano de seda transgénico en la economía de Kuala Lumpur es uno de esos trucos a menudo utilizados para que alguien, al menos, entre en tu página y aumente tu número de visitas. Es la triste vida de los opinadores de Internet. Te lanzas al vacío con un cuchillo en los dientes esperando que los cocodrilos que te esperan en el fondo estén un poco más mullidos que el suelo de hormigón. Es cierto que este cómic tiene un pronunciado tono humorístico y que los personajes tienen cierta relación con la cuántica, pero mi titular es la típica patraña exagerada. Sueltas la mentira y luego haces tus cosas, algo así como un ligón de discoteca. Cazas a la gente con una frase (o confías en ello, al menos) y luego les sueltas el rollo, consciente de que todo lo que vas a decir se puede resumir en un par de frases. O en una respuesta a una pregunta muy concreta. ¿Me ha gustado?

Aunque ese sea el meollo del asunto, lo que se suele hacer al reseñar es seguir una estructura tan definida, tan fija y tan aburrida que a veces parece sacada de una de esas redacciones en inglés cuyo esquema tienes que seguir de manera férrea si quieres aprobar. Se empieza con una pequeña frase introductoria que suele hacer referencia a alguna anécdota relacionada con el tema que vamos a tratar, se hace un resumen del argumento intentando no reventar la trama principal ni desvelar ninguna sorpresa, das tu opinión sobre los autores y sobre si están a la altura y al final viertes tu opinión, que suele ser una manera velada de recomendar o no el producto que estás criticando. Es como hacer un anuncio pero revistiéndolo de una cierta capa de personalidad. Que se parezca a una campaña comercial del Grupo Pascual o a una pequeña maravilla surgida de las mentes creativas de Sra. Rushmore sólo depende de ti.

Salirse de este esquema es complicado. Muchas veces casi imposible. Es fácil dejarse llevar por la comodidad de un proceso cuya forma y parámetros han sido aceptados de forma más o menos tácita y que además te permite inflar de paja tu texto cuando no tienes mucho que decir. En efecto, exactamente igual que en aquellos exámenes en los que tenías que desarrollar un tema y apenas recordabas un par de ideas sueltas con las que defender tu argumento. Te enrollabas como una persiana con la vana esperanza de que cantidad supliera a calidad y el profesor, aplastado por el peso de 50 exámenes infumables, te pusiera la nota al peso, porque si leía la sarta de estupideces que habías escrito para llenar hueco, estabas más que jodido.

El problema es que cuando escribes en una web, lo que estás buscando no es que huyan de tu artículo como alma que lleva el diablo, sino que la persona que entra a mirar se quede para leerlo de principio a fin. Y ahí es donde es complicado acertar. Por que al final, y como decía antes, esto de hablar de un cómic es poco más que responder a una pregunta. Poco más que algo que se puede resumir con una palabra. Y esa es la clave. ¿Me ha gustado?

Pues sí. Quantum and Woody me ha gustado. Y ya tenía ganas, que tras el último tomo coñazo de X-O Manowar necesitaba algo de Valiant que me devolviera la fe de aquellos (en apariencia) prometedores inicios. No es que lo que publique la editorial americana me llame demasiado la atención. Sigo apenas un par de colecciones y una de ellas ya se me está haciendo bola. Me falta un tomo para escupirla definitivamente y pasarme a los postres de Image. Archer and Armstrong está bien. Es entretenida pero adolece de un dibujo plano y monótono que no le favorece en nada. Por fortuna, este tomo de Quantum and Woody coje lo mejor de su hermana casi gemela, el humor, y lo une al dibujo más que competente de Tom Fowler. Es divertida (todo lo que no es X-O) y el dibujo me ha gustado (todo lo que no ha conseguido Archer and Armstrong), así que supongo que recomiendo a los lectores de La Isla que le den una oportunidad si lo que quieren es pasar un buen rato y esbozar un a sonrisa. Aunque sólo sea por el guiño a cierto inventor americano con fama de ladrón de patentes y mafioso sin escrúpulos que hay entre sus páginas.

¿Veis? Casi 900 palabras para algo que se puede resumir en menos de 100. Y encima no hablo de la historia, ni os cuento que el cómic va de dos hermanastros al más puro estilo Woody Harrelson y Wesley Snipes, ni os hago un resumen de cómo consiguen sus magníficos poderes o el porqué deciden emprender una carrera superheroica, ni valoro la labor en los guiones del humorista James Asmus, pero es que según la física cuántica y el principio de indeterminación de Heisenberg no se puede conocer al mismo tiempo posición y velocidad de una partícula (más o menos). Es decir, que desde sus elementos fundacionales la creación nos dice que no puedes tenerlo todo, colega.

He conseguido aburrir a las ostras y pasar de puntillas por el objeto de mi crítica. De lo de los límites del humor ya hablaremos otro día, que siempre hay cómics que reseñar.

Publicado el 22 de junio de 2015 en La Isla de las Cabezas Cortadas

El derecho esencial a equivocarnos.

El ser humano debe defender a toda costa su inalienable derecho a cagarla. Hundirnos en la mierda de nuestros errores no debe impedir que los cometamos. Eso es precisamente lo que  nos ha llevado a ser quienes somos. Fallar es consustancial a nuestra naturaleza y motor de nuestros futuros aciertos.

Por Javier Marquina.

Así, a primera vista, casi parece que vaya a hablar de evolución, de genética, de mutaciones  y de esas meteduras de pata que uno comete sin poder evitarlo, atosigado por su propia imperfección humana. Casi, pero no. Contra todo pronóstico, voy a hablar de listas, de críticos y de la importancia de leer opiniones que poder pasarnos por el aterciopelado forro de nuestras sagradas pelotas a la hora de decidir lo que leemos, escuchamos o vemos.

Tengo la sensación de que ésta es una de esas entradas cíclicas provocadas por la aparición periódica en las redes sociales de comentarios acerca de temas que se van enquistando de forma inexorable en el tiempo. Incapaces de aprender de la historia y de lo que ya hemos dejado atrás, repetimos una y otra vez comportamientos, aferrándonos a nuestra idea original, ésa que ha sido mil veces rebatida y debatida pero que defendemos de manera recalcitrante. Estamos metiendo la pata por enésima vez, pero preferimos seguir empujando antes que retroceder.

Aquel crítico me dijo que tenía futuro como portadista.

En este caso, y con motivo de la publicación de una lista de cómics esenciales para aquellos que la confeccionaban, surgieron, como siempre, voces que cuestionaban dicha lista en un debate que fue degenerando de forma imparable, llegando algunos a acusar de tendenciosos, serviles o sicarios a sueldo de las editoriales con más presencia en la citada enumeración a los que la redactaron.

A punto estuve en un par de ocasiones de escribir un comentario en Facebook defendiendo la validez de la lista, no por su contenido, sino porque todo aquello que es subjetivo, debe ser valorado como tal por aquel que lo consume. No es ni acertado ni erróneo. Simplemente es. Lo que a unas personas les puede parecer esencial, para otras es absolutamente superfluo. Imponer un criterio es una práctica atroz más propia de otros ideales y regímenes políticos o, lo que es lo mismo, la opinión de un crítico vale lo que vale la del resto de los seres humanos: NADA. Dicho con todos los respetos, uno de los pilares de la democracia es aceptar que lo que nosotros pensamos puede no importarle un pimiento a aquel que tenemos al lado. Podemos alegar que el crítico, en la mayoría de los casos, dispone de unos medios y unos conocimientos que hacen que su visión del conjunto posea características más sólidas y un criterio más objetivo basado en  ellos, pero al final una reseña no deja de ser eso, una opinión que, por muy fundamentada que esté, acaba sustentándose en opciones personales, en gustos y en aspectos subjetivos, y por tanto vale, como hemos dicho antes, poco más que una diminuta hez de golondrina. Suponer que las preferencias de alguien son sagradas basándose en los conocimientos que tiene, suena un poco nacionalsocialista. No hablo de hechos irrefutables que se pueden explicar con la verdad en la mano de forma incontestable, hablo de que lo que a una eminencia puede gustarle mucho, a mí me pude parecer un peñazo insoportable. Es un terreno pantanoso lleno de clásicos.

Que el lector decida o no seguir los consejos del crítico es otra elección personal de valor parecido al de la opinión. Las listas o las reseñas no están hechas para condicionar u obligar, sino para sugerir, descubrir, explicar e iluminar un ángulo que podía haber pasado desapercibido y, en base a eso, poder argumentar nuestra propia elección.  Dejarnos o no engañar por el criterio de otro es una decisión que sólo está en nuestras manos. Después, una vez hemos escogido qué consejos son los que nos van a guiar en nuestras lecturas, sólo hay que ir afinando y quedándonos con aquellos que tienen gustos más cercanos a los nuestros, aquellos que recomiendan cosas que encajan mejor en el espectro de nuestras preferencias y aquellos que nos caen mejor. A los demás, por decirlo en un idioma que se entenderá en cualquier red social, les pueden ir dando mucho por ese lugar de nuestro cuerpo al que el Sol sólo se asoma en playas nudistas. Y no quiero ser malinterpretado. Insisto: es simplemente una elección. Personal. Y por tanto puedo leer los cómics que me de la gana, ya que poseo el supremo don de pasar de aquellos que no opinan como yo y quedarme con los que ven el mundo de una manera más parecida a la mía. No digo que esto sea enriquecedor, más bien todo lo contrario, pero en este país de mujeres, hombres y viceversa, Dios me libre de desanimar a alguien que se acerca a la lectura. Si el precio a pagar es que no lea mis reseñas porque pongo a caer de un burro a su guionista favorito, acepto de buen grado el sacrificio por el bien mayor de la cultura. Que lea. No importa el qué. Pero que lea.

¿Cómo me he podido volver a comprar semejante bazofia?

Acostumbrados a sentirnos cómodos en nuestra esfera de confianza, salir de ella puede resultar una opción difícil que se puede tornar en imposible debido a factores como el dinero, el tiempo o las ganas. Abandonar nuestros gustos conocidos para probar la fruta prohibida que se esconde en las listas de aquellos con los que no compartimos opinión puede resultar descabellado aunque, en caso de acierto, la recompensa sea digna del Euromillón. El título que jamás habrías leído de no haberlo visto en aquella reseña puede acabar cambiando tu perspectiva y tu vida. Sé que da miedo. Sé que no es necesario. Pero a veces arriesgarse mola. La otra opción, mucho más conservadora, es permanecer en tu lugar, sorprendido porque o bien tus cómics preferidos no aparecen entre los mejor valorados, o bien acabas de comprobar que algunos no comparten tus gustos y se niegan a reconocer la fuerza cegadora de la luz de tu criterio.

Publicado el 12 de junio de 2015 en La Isla de las Cabezas Cortadas