EL ELEFANTE QUE ENTRÓ EN UNA CACHARRERÍA Y NO ROMPIÓ NADA.

1307819-1santo_02Desde pequeño, Pascual estuvo destinado a ser un dios de la Lucha Libre. Nadie se sorprendió cuando, después de nacer ataviado con una máscara plateada y un ceñido bañador a juego, sus primeras palabras coherentes fueron: “Yo quiero ser El Santo”. A partir de ese momento, la reticencia inicial de sus padres se convirtió en entrega resignada, y todos los esfuerzos que otros progenitores más combativos habrían dedicado a una educación que enderezara a aquel niño incipientemente musculado, se encaminaron a convertir al pequeño Pascual en la leyenda definitiva del pseudodeporte de peleas.

La Academia Para Jóvenes Talentos del Wrestling, fundada durante la eclosión del programa conocido en España como Pressing Catch, estaba dirigida por Eusebio Rodríguez, una especie de soñador enardecido por la estupidez más profunda y los efluvios etílicos peor destilados. Con más visión para el chinchón que para los negocios, la escuela de trompadas y piquetes de ojos sólo era rentable en la cabeza degenerada y embrutecida del pobre Eusebio, así que cuando los padres del prodigio genético anteriormente conocido como Pascual entraron por la puerta a preguntar por matrículas, horarios y mensualidades, el improbable maestro del arte de la sentadilla, admirador acérrimo del DDT de Jake “The Snake” Roberts, oyó el sonido de una caja registradora por entre los bramidos cada vez más frecuentes de los elefantes rosas.

Aunque era incapaz de distinguir una llave Nelson de una llave Allen, el bueno de Eusebio puso ímpetu y constancia en la educación de su nuevo pupilo, y aunque sus lamentables enseñanzas no tuvieron nada que ver con la meteórica carrera de Pascual, el olor del triunfo estelar pronto convirtió el destartalado gimnasio en una fuente de ingresos desorbitada llena de infantes deseosos de emular a su nuevo ídolo. A pesar de que él quería que le llamaran “El Nuevo Santo”, la legión de fans de Pascual pronto eligió un seudónimo más adecuado para él, y a pesar de que de entrada se mostró reticente, al final tuvo que asumir la evidencia y desistir en el empeño de imponer su criterio.  Todos acabaron por conocerle como “EL Rayo Argenta”, no solo por aquella indumentaria que la genética había soldado a su rostro y a sus nalgas desde el momento de su concepción, sino porque sus innatas capacidad hacían que se moviera sobre el cuadrilátero como un relámpago apenas visible.

España, México, Estados Unidos… antes de cumplir los 19 “El Rayo Argenta” ya se había colocado sobre el hombro todos los cinturones posibles. Nada ni nadie podían detenerlo. Era imparable desde cualquier ángulo, ajeno a cualquier campaña publicitaria que conspirara para su derrocamiento, indiferente al teatro mediático en el que los ganadores se decidían mediante índices de audiencia. Él era la Lucha Libre. Él era la representación física del espíritu del combate. Él era el Dios de la Lucha.

Al menos, hasta que llegó Oberón.

Nadie supo nunca de donde salió aquel monstruo como tallado en ónice, pero en cuanto piso su primera lona, su trabajo consistió en despedazar a cuantos contrincantes le pusieran por delante. Y que nadie crea en la parte metafórica del término, ya que “despedazar” no es, en ningún caso, una licencia poética. Cada combate con la recién bautizada “Bestia Oscura” era un festival de extremidades, sangre y descuartizamientos progresivamente imaginativos. Una oda efervescente al gore inundaba al público en un baño de sangre, euforia y asco que sumía estadios enteros en el paroxismo. La carrera del gigante que parecía devorar la luz fue una linea recta que de manera inevitable acabó enfrentándole con nuestro héroe plateado, un combate por todos los títulos anunciado, casi predestinado,  en el que nuestro efebo de paquetero terso y blanquecino se midió al coloso azabache de músculos anatómicamente improbables.

Cuando llegó el día de la pelea del siglo, un mundo expectante se paralizó frente a televisiones de pago que hacían el agosto contemplando, por primera vez en años, un combate cuyo final era incierto. Miles de espectadores contemplaron, conteniendo la respiración, como los dos titanes realizaban su ritual de estiramientos; una liturgia de gestos y tics fríamente calculados para lograr un estado tántrico en el que cada una de sus células solo pudiera pensar en el guerrero perfecto.

En el momento en que sonó el gong que dio inicio a todo, el olor a sudor y linimento se disipó engullido por la peste alcalina que cubre los campos de batalla antes de la masacre.

El combate del siglo había empezado.

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SEGUNDA PARTE