Los límites del humor y la física cuántica.

El que espere leer un artículo sobre la decencia, la indignación, las frases sacadas de contexto y los chistes sobre judíos, niñas desaparecidas y víctimas de atentados varios, se ha equivocado de reseña.

Por Javier Marquina.

Que no, que no. Que yo aquí no he venido a hablar de política. Para eso ya tengo Facebook, que es ese lugar en el que puedes hablar y escuchar el eco de tus palabras con una mezcla de desolación y alivio. En la Isla hablamos de cultura. Y de cosas relacionadas con ella. Lo del título es un simple reclamo falso de una vileza similar a aquellas portadas de Marvel que te enseñaban algo que luego nunca estaba en el interior. Sí. Efectivamente. Aprendí de los mejores.

Colocar un tema candente el el título de tu artículo para atrapar al lector y luego hablarle de la influencia de la cría del gusano de seda transgénico en la economía de Kuala Lumpur es uno de esos trucos a menudo utilizados para que alguien, al menos, entre en tu página y aumente tu número de visitas. Es la triste vida de los opinadores de Internet. Te lanzas al vacío con un cuchillo en los dientes esperando que los cocodrilos que te esperan en el fondo estén un poco más mullidos que el suelo de hormigón. Es cierto que este cómic tiene un pronunciado tono humorístico y que los personajes tienen cierta relación con la cuántica, pero mi titular es la típica patraña exagerada. Sueltas la mentira y luego haces tus cosas, algo así como un ligón de discoteca. Cazas a la gente con una frase (o confías en ello, al menos) y luego les sueltas el rollo, consciente de que todo lo que vas a decir se puede resumir en un par de frases. O en una respuesta a una pregunta muy concreta. ¿Me ha gustado?

Aunque ese sea el meollo del asunto, lo que se suele hacer al reseñar es seguir una estructura tan definida, tan fija y tan aburrida que a veces parece sacada de una de esas redacciones en inglés cuyo esquema tienes que seguir de manera férrea si quieres aprobar. Se empieza con una pequeña frase introductoria que suele hacer referencia a alguna anécdota relacionada con el tema que vamos a tratar, se hace un resumen del argumento intentando no reventar la trama principal ni desvelar ninguna sorpresa, das tu opinión sobre los autores y sobre si están a la altura y al final viertes tu opinión, que suele ser una manera velada de recomendar o no el producto que estás criticando. Es como hacer un anuncio pero revistiéndolo de una cierta capa de personalidad. Que se parezca a una campaña comercial del Grupo Pascual o a una pequeña maravilla surgida de las mentes creativas de Sra. Rushmore sólo depende de ti.

Salirse de este esquema es complicado. Muchas veces casi imposible. Es fácil dejarse llevar por la comodidad de un proceso cuya forma y parámetros han sido aceptados de forma más o menos tácita y que además te permite inflar de paja tu texto cuando no tienes mucho que decir. En efecto, exactamente igual que en aquellos exámenes en los que tenías que desarrollar un tema y apenas recordabas un par de ideas sueltas con las que defender tu argumento. Te enrollabas como una persiana con la vana esperanza de que cantidad supliera a calidad y el profesor, aplastado por el peso de 50 exámenes infumables, te pusiera la nota al peso, porque si leía la sarta de estupideces que habías escrito para llenar hueco, estabas más que jodido.

El problema es que cuando escribes en una web, lo que estás buscando no es que huyan de tu artículo como alma que lleva el diablo, sino que la persona que entra a mirar se quede para leerlo de principio a fin. Y ahí es donde es complicado acertar. Por que al final, y como decía antes, esto de hablar de un cómic es poco más que responder a una pregunta. Poco más que algo que se puede resumir con una palabra. Y esa es la clave. ¿Me ha gustado?

Pues sí. Quantum and Woody me ha gustado. Y ya tenía ganas, que tras el último tomo coñazo de X-O Manowar necesitaba algo de Valiant que me devolviera la fe de aquellos (en apariencia) prometedores inicios. No es que lo que publique la editorial americana me llame demasiado la atención. Sigo apenas un par de colecciones y una de ellas ya se me está haciendo bola. Me falta un tomo para escupirla definitivamente y pasarme a los postres de Image. Archer and Armstrong está bien. Es entretenida pero adolece de un dibujo plano y monótono que no le favorece en nada. Por fortuna, este tomo de Quantum and Woody coje lo mejor de su hermana casi gemela, el humor, y lo une al dibujo más que competente de Tom Fowler. Es divertida (todo lo que no es X-O) y el dibujo me ha gustado (todo lo que no ha conseguido Archer and Armstrong), así que supongo que recomiendo a los lectores de La Isla que le den una oportunidad si lo que quieren es pasar un buen rato y esbozar un a sonrisa. Aunque sólo sea por el guiño a cierto inventor americano con fama de ladrón de patentes y mafioso sin escrúpulos que hay entre sus páginas.

¿Veis? Casi 900 palabras para algo que se puede resumir en menos de 100. Y encima no hablo de la historia, ni os cuento que el cómic va de dos hermanastros al más puro estilo Woody Harrelson y Wesley Snipes, ni os hago un resumen de cómo consiguen sus magníficos poderes o el porqué deciden emprender una carrera superheroica, ni valoro la labor en los guiones del humorista James Asmus, pero es que según la física cuántica y el principio de indeterminación de Heisenberg no se puede conocer al mismo tiempo posición y velocidad de una partícula (más o menos). Es decir, que desde sus elementos fundacionales la creación nos dice que no puedes tenerlo todo, colega.

He conseguido aburrir a las ostras y pasar de puntillas por el objeto de mi crítica. De lo de los límites del humor ya hablaremos otro día, que siempre hay cómics que reseñar.

Publicado el 22 de junio de 2015 en La Isla de las Cabezas Cortadas

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El derecho esencial a equivocarnos.

El ser humano debe defender a toda costa su inalienable derecho a cagarla. Hundirnos en la mierda de nuestros errores no debe impedir que los cometamos. Eso es precisamente lo que  nos ha llevado a ser quienes somos. Fallar es consustancial a nuestra naturaleza y motor de nuestros futuros aciertos.

Por Javier Marquina.

Así, a primera vista, casi parece que vaya a hablar de evolución, de genética, de mutaciones  y de esas meteduras de pata que uno comete sin poder evitarlo, atosigado por su propia imperfección humana. Casi, pero no. Contra todo pronóstico, voy a hablar de listas, de críticos y de la importancia de leer opiniones que poder pasarnos por el aterciopelado forro de nuestras sagradas pelotas a la hora de decidir lo que leemos, escuchamos o vemos.

Tengo la sensación de que ésta es una de esas entradas cíclicas provocadas por la aparición periódica en las redes sociales de comentarios acerca de temas que se van enquistando de forma inexorable en el tiempo. Incapaces de aprender de la historia y de lo que ya hemos dejado atrás, repetimos una y otra vez comportamientos, aferrándonos a nuestra idea original, ésa que ha sido mil veces rebatida y debatida pero que defendemos de manera recalcitrante. Estamos metiendo la pata por enésima vez, pero preferimos seguir empujando antes que retroceder.

Aquel crítico me dijo que tenía futuro como portadista.

En este caso, y con motivo de la publicación de una lista de cómics esenciales para aquellos que la confeccionaban, surgieron, como siempre, voces que cuestionaban dicha lista en un debate que fue degenerando de forma imparable, llegando algunos a acusar de tendenciosos, serviles o sicarios a sueldo de las editoriales con más presencia en la citada enumeración a los que la redactaron.

A punto estuve en un par de ocasiones de escribir un comentario en Facebook defendiendo la validez de la lista, no por su contenido, sino porque todo aquello que es subjetivo, debe ser valorado como tal por aquel que lo consume. No es ni acertado ni erróneo. Simplemente es. Lo que a unas personas les puede parecer esencial, para otras es absolutamente superfluo. Imponer un criterio es una práctica atroz más propia de otros ideales y regímenes políticos o, lo que es lo mismo, la opinión de un crítico vale lo que vale la del resto de los seres humanos: NADA. Dicho con todos los respetos, uno de los pilares de la democracia es aceptar que lo que nosotros pensamos puede no importarle un pimiento a aquel que tenemos al lado. Podemos alegar que el crítico, en la mayoría de los casos, dispone de unos medios y unos conocimientos que hacen que su visión del conjunto posea características más sólidas y un criterio más objetivo basado en  ellos, pero al final una reseña no deja de ser eso, una opinión que, por muy fundamentada que esté, acaba sustentándose en opciones personales, en gustos y en aspectos subjetivos, y por tanto vale, como hemos dicho antes, poco más que una diminuta hez de golondrina. Suponer que las preferencias de alguien son sagradas basándose en los conocimientos que tiene, suena un poco nacionalsocialista. No hablo de hechos irrefutables que se pueden explicar con la verdad en la mano de forma incontestable, hablo de que lo que a una eminencia puede gustarle mucho, a mí me pude parecer un peñazo insoportable. Es un terreno pantanoso lleno de clásicos.

Que el lector decida o no seguir los consejos del crítico es otra elección personal de valor parecido al de la opinión. Las listas o las reseñas no están hechas para condicionar u obligar, sino para sugerir, descubrir, explicar e iluminar un ángulo que podía haber pasado desapercibido y, en base a eso, poder argumentar nuestra propia elección.  Dejarnos o no engañar por el criterio de otro es una decisión que sólo está en nuestras manos. Después, una vez hemos escogido qué consejos son los que nos van a guiar en nuestras lecturas, sólo hay que ir afinando y quedándonos con aquellos que tienen gustos más cercanos a los nuestros, aquellos que recomiendan cosas que encajan mejor en el espectro de nuestras preferencias y aquellos que nos caen mejor. A los demás, por decirlo en un idioma que se entenderá en cualquier red social, les pueden ir dando mucho por ese lugar de nuestro cuerpo al que el Sol sólo se asoma en playas nudistas. Y no quiero ser malinterpretado. Insisto: es simplemente una elección. Personal. Y por tanto puedo leer los cómics que me de la gana, ya que poseo el supremo don de pasar de aquellos que no opinan como yo y quedarme con los que ven el mundo de una manera más parecida a la mía. No digo que esto sea enriquecedor, más bien todo lo contrario, pero en este país de mujeres, hombres y viceversa, Dios me libre de desanimar a alguien que se acerca a la lectura. Si el precio a pagar es que no lea mis reseñas porque pongo a caer de un burro a su guionista favorito, acepto de buen grado el sacrificio por el bien mayor de la cultura. Que lea. No importa el qué. Pero que lea.

¿Cómo me he podido volver a comprar semejante bazofia?

Acostumbrados a sentirnos cómodos en nuestra esfera de confianza, salir de ella puede resultar una opción difícil que se puede tornar en imposible debido a factores como el dinero, el tiempo o las ganas. Abandonar nuestros gustos conocidos para probar la fruta prohibida que se esconde en las listas de aquellos con los que no compartimos opinión puede resultar descabellado aunque, en caso de acierto, la recompensa sea digna del Euromillón. El título que jamás habrías leído de no haberlo visto en aquella reseña puede acabar cambiando tu perspectiva y tu vida. Sé que da miedo. Sé que no es necesario. Pero a veces arriesgarse mola. La otra opción, mucho más conservadora, es permanecer en tu lugar, sorprendido porque o bien tus cómics preferidos no aparecen entre los mejor valorados, o bien acabas de comprobar que algunos no comparten tus gustos y se niegan a reconocer la fuerza cegadora de la luz de tu criterio.

Publicado el 12 de junio de 2015 en La Isla de las Cabezas Cortadas

Victor Puchalski y El Irra. No los perdáis de vista.

Dos autores “nuevos” (para mí lo eran, al menos) a los que no perder la pista porque prometen. Y mucho.

Por Javier Marquina.

Victor Puchalski dibuja pollas. Así es. Penes enormes cuajados de venas que brillan con presencia radioactiva ocupando toda la página. Vergas de tamaño desbocado que transgreden las leyes físicas y se mueven a su libre albedrío oscilando entre llaves de artes marciales letales y prohibidas. Cipotes monolíticos, gruesos como columnas jónicas de templos derruidos en el Peloponeso. Rabos como la manga de un abrigo. Falos cuya influencia es inexcusable, imposible de evitar, evidente a fuerza de primeros planos explícitos. Uno podría decir que una presencia tan destacada y prominente del nabo como elemento vertebrador de un cómic podría llevar a ocultar o eludir aspectos (o defectos) fundamentales en cuanto a narrativa o historia pero, aunque parezca sorprendente, esto no es así. Lo que ocurre con los cómics de Puchalski es muy parecido a los que sucede con otro de esos cómics que te subyuga a fuerza de incomodarte y darte repetidas patadas en la boca: Pudridero. Lo que allí es riguroso blanco y negro, en Kann (el tebeo de Puchalski) es color psicodélico y abrupto, una explosión de LSD en las retinas que apabulla y sorprende. Si he de ponerle alguna pega al trabajo de Víctor es la brevedad de sus obras, trabajos que, debido a su ritmo desenfrenado se leen en segundos y te dejan con al alma vacía esperando la siguiente entrega de la colección. Hay también cierta sensación de descuido en alguna de las viñetas, como si se hubiera trabajado demasiado deprisa para cumplir con alguna fecha de entrega y eso hace que alguna de las escenas se resientan ante la comparativa con otras escenas especialmente brillantes. Os aseguro que es un mal menor. Viendo el trabajo actual que el autor está colgando en las redes sociales, se aprecia una evolución tanto en su estilo como en el detalle y trabajo de cada viñeta, lo que indica que lo nuevo que publique va  a hacer que se convierta, sin duda alguna, en el Johnny Ryan español.

El Irra es como un tigre agazapado esperando el momento justo para saltarte a la yugular. Es una fuerza de la naturaleza contenida en viñetas. Dibuja con las tripas, y eso se nota. Hay en cada uno de sus trazos un algo oculto que transmite fuerza y unas posibilidades casi infinitas. Después de leer alguna de sus obras, uno tiene la sensación de estar viendo como Usain Bolt comienza a andar. Son los primeros paso de un portento. Tanto en “A” como en “FSP” (dos de los cómics de El Irra) hay un sentido del ritmo y de la narración en sus historias que respira movimiento por los cuatro costados, como esas películas de acción de los 80 en las que lo artesanal sumaba espectacularidad y realidad al asunto. Cada trazo tiene su labor, su lugar, su sitio y, lo mejor de todo, es ese poso que te deja su lectura; esa sensación ya conocida de que lo bueno está por llegar. El futuro. Lo que tenga que venir. Hacer ciencia ficción mezclada con género negro y hacerla bien. Narrar con sentido, con contundencia, con una atención al detalle que nunca frena la lectura. Dibujar una historia de demonios con una pelea por las calles de Sevilla digna de una película de Walter Hill antes de que Walter Hill se olvidara de ser Walter Hill. Leer un cómic con emoción, en un suspiro, y desear que llegue la continuación o lo que sea que haya dibujado el autor. Disfrutar, al fin y al cabo, que de eso va está movida. Y si consigues entretener al personal, lo que quieras contar después a base de cargas de profundidad en tu historia, entrará mucho mejor. Es como meter tranquilizantes en un bistec o ponerle a un laxante sabor a fresa. No importa lo crudo del mensaje si la forma es la adecuada. Los medios ajustándose al fin. El dibujo como mecanismo de comunicación definitivo. Un dibujo, además, que respira potencialidad, es decir, que huele a que va a ser la hostia.

Dos autores que espero que lleguen muy lejos. De esos que, cuando triunfan, puedes sacar pecho y decirle a tus amigos: “os lo advertí”.

Intro.

Comienzo una práctica habitual que tenía abandonada, que es la del blog personal en el que hacer más o menos lo que me apetezca. Sera sencillo, será cutre y será el lugar en el que poner cosas que me pasen por la cabeza, además de las entradas que vaya escribiendo en otros medios. Una especie de cuaderno de bitácora en el que ir reuniendo lo que escribo.

Sin más.

Bienvenidos a Malvadonia, el hogar de los duendes de jardín.

¡GARCÍA! Todo es posible.

¿Alguien quiere un cómic del Capitán América disfrazado de Roberto Alcázar en el que aparecen Federico Jiménez Losantos, Podemos, El Ministerio del Tiempo y El Pais? Yo sí. Y lo he encontrado.

Por Javier Marquina

No hay nada más jodido que sentir el bloqueo del escritor, ese pánico a la página en blanco que te deja bizqueando frente al teclado y convierte en mierda todo lo que intentas plasmar con una torpe sucesión de letras. Es desesperante. Tienes magníficas cosas sobre las que escribir pero no hay manera de que salgan de manera coherente de tu cabeza. Eres incapaz de establecer la conexión entre la parte creativa de tu cerebro y tus dedos, encargados de aporrear el teclado y darle algo de forma al caos de ideas que tratas de racionalizar.

Es lo que me está pasando en este mismo momento. Tengo un estupendo cómic para reseñar y no sé muy bien cómo hacerlo. Al principio pensé en centrarme en todas las referencias que uno puede encontrar en ¡García! Empezar por la influencia del cómic de superhéroes en la narración de la historia, el claro homenaje al Capitán América, el ritmo de las escenas de acción a medio camino entre el manga y Jack Kirby, la inevitable comparación con Roberto Alcázar y Pedrín, con el Miracleman de Moore y la parábola del sidekick siniestro… pero la verdad es que luego vi que eso era lo que estaban haciendo cientos y cientos de webs que analizan de forma pormenorizada cada uno de los tebeos que se editan hoy en día y desistí. Luego, abandonada la idea de ensalzar ¡García! por lo acertado de su planteamiento al crear un superhéroe patrio sin necesidad de acudir a los toros, las sevillanas o el rebujito, me puse como objetivo escribir un artículo que sirviera para reflejar mis inquietudes políticas y sociales a través del trasfondo que mueve al personaje por la trama. Ahí podría haber abordado temas tan interesantes como el fin del bipartidismo, la acción de los poderes ocultos que manejan los hilos en la sombra, los oscuras agencias de inteligencia gubernamentales o la influencia de los medios de comunicación en la radicalización del pensamiento ciudadano. Podría haber hablado de lo relativo de la lealtad, de lo descafeinado de las nuevas ideologías, del estado lamentable de la política actual y de muchos otros asuntos sociales y humanos que podrían dar para realizar una tesis doctoral de sociología. Por desgracia, cada vez que comenzaba la redacción de dicha entrada, al releerme, pensaba que lo que estaba escribiendo era una bazofia que no plasmaba con justicia el escenario por el que transita el protagonista de nuestra historia.

¿Qué me quedaba? Hablar de los autores, por supuesto. Por un lado pudrirme de envidia ante la sólida carrera que Santiago García se ha ido labrando hasta convertirse en uno de los guionistas y expertos de cómic más relevantes del medio; camino recorrido título a título, de esos que se hacen poco a poco y te llevan a lo más alto porque los cimientos están hechos de buenos materiales y pensados para durar. Una vez acabadas las alabanzas al guionista de moda, habría hablado del arte de Luis Bustos; de ese blanco y negro que se lee deprisa porque narra con claridad, de la versatilidad de un  autor que no deja de sorprender tomo a tomo y de cómo consigue reflejar la atmósfera correcta en cada uno de sus trazos, dejándote siempre con la sensación de que estás viendo lo que debes en el momento en el que debes verlo. Habría acabado hablando del perfecto tandem que se forma entre le escritor y el ilustrador, complementado de manera ideal por las páginas de un Manel Fontdevila que son pura nostalgia y que sirven para sincronizar dos épocas que a veces no parecen tan lejanas.

Sí.

Eso habría estado bien.

Sin embargo, al ver el cursor parpadeando frente a mí, he sido incapaz de hacer nada de lo que me había propuesto. Es jodido tener en la manos un material fantástico que no te decepciona, que te da lo que buscas, que juega con los tópicos para generar una sensación novedosa, que crea una escena de infinitas posibilidades, que realiza bien un producto que podría parecer puramente norteamericano, que usa ritmos que te llevan como un rayo por las páginas y que, al final y para tu sorpresa, huele a cómic español lleno de temas españoles que encajan como un guante en el resultado final y no poder decir nada sobre él. Se me queda la espina de ser incapaz de escribir o hablar de la maravilla del continuará recuperado. De la sensación de volver a aquellos cómics que te dejaban esperando todo un mes con la incertidumbre del “¿qué va a pasar?”, cómics que fueron tu infancia y tu adolescencia y que, como siempre digo, te convirtieron en el lector que eres hoy.

Siento no haber sido capaz de escribir nada sobre un gran cómic, una de esas historias que volveremos a leer y nos seguirán gustando aun cuando todas las radios hayan despedido a sus vocingleros prendemechas.

Me habría encantado hacerlo.

En serio.

Publicado el 30 de septiembre de 2015 en La Isla de las Cabezas Cortadas

POWERS. Photoshop del malo.

La vergüenza ajena es un sentimiento que no puedes controlar, una sensación que hace que desees ser tragado por la tierra mientras buscas la forma más disimulada de esconderte debajo de la mesa para no ver el horror que alguien que no eres tú perpetra creyendo que es brillante.

Por Javier Marquina

¿Ríe, llora, le está dando un calambre o ha sucumbido a la diarrea?

No hace mucho leí unas declaraciones de Steven Spielberg diciendo que, tarde o temprano, el cine de superhéroes se iría a la mierda. No profundicé mucho más. Teniendo en cuenta como está el tema de las redes sociales hoy en día, no quería encontrarme opiniones ni a favor ni en contra argumentadas por gafapastosos repelentes o por pajilleros del spandex. Lo que sí tengo claro es que el señor Spielberg es alguien que algo sabe de cine y del negocio del cine y su opinión, aunque está claro que no debe ser tomada como los mandamientos de la ley divina, sí que tiene que ser valorada y tenida en cuenta a futuro.

Algo de razón no le falta al ínclito director y productor, sobre todo si tenemos en cuenta que la industria cinematográfica parece haber encontrado a la gallina de los huevos de oro en los testículos de Superman. Hoy por hoy todo vale. Cualquier cómic es susceptible de ser adaptado y el criterio de selección y cribado es tan riguroso y exigente como el profesor que reparte las notas en un parvulario. Estamos creando una gigantesca mentira que no paramos de inflar película a película y, como buena burbuja económica, tarde o temprano acabará estallando dejando los escombros de lo que parecía una poderosa industria. Sólo si los cimientos son sólidos, una vez pasado el huracán, podremos quedarnos con lo bueno y, con suerte, habremos establecido un género cinematográfico del que poder ir disfrutando con calma a lo largo de los años. Una película cada lustro, quizá, pero una que merezca la pena.

La serie de televisión Powers entronca con la idea de que cualquier cosa es válida con tal de que huela a gente con poderes. En este caso, sin embargo, el tebeo que se adapta es un material perfecto para ser convertido en una excelente serie de televisión, sobre todo si tenemos en cuenta el argumento del mismo, que se mueve entre lo fantástico, lo superheroico y lo policíaco. Elementos clásicos que, bien llevados, podrían haber creado una auténtica maravilla con la que hacer disfrutar tanto a los que seguimos los cómics desde hace más de una década como a cualquier profano que quiere pasar un buen rato.

Si se llama Triphammer tendrá que llevar un martillo…

Sin embargo, todo en Powers huele a urgencia, a cutrerío y a ese “vamos a escribir esto con la punta de nuestro capullo porque aquí lo que importa es que salgan superhéroes y no lo que estamos contando ni como lo estamos contando”. La historia en sí, basada de forma muy tangencial en el cómic de Brian Michael Bendis y Michael Avon Oeming, utiliza los mismos personajes y planteamientos, pero para alguien como yo que sí ha leído la serie en papel, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. No soy especialmente puntilloso cuando las tramas de los productos para el cine o la televisión difieren considerablemente de los guiones de cómic que adaptan. Es más, agradezco los nuevos giros y sorpresas que me hacen disfrutar del argumento. Aunque claro, cuando la psicología de los personajes difiere de un modo tan brutal de esos protagonistas con los que llevo caminando una década, hay algo que se rompe en mi interior y suelto una lagrimita de decepción inevitable. No hay nada que me guste menos que pensar “ese no es Christian Walker” cuando veo a Shartlo Copley esforzándose por hacer algo que no tengo muy claro que es. La mezcla entre imbécil naife, chuloputas de extrarradio y pretendida profundidad cual verso de Coelho es una afrenta para el intelecto. La evolución y motivación de los personajes es una especie de Abeja Maya contra John Holmes en los que no se ven ni aguijones ni rabos. Todo huele a formol, a cutre, a cogido por los pelos. Todo parece montado deprisa y mal, y pocas cosas se salvan de la quema. Wolfe, quizás, y sólo en ocasiones.

Ojalá el Pulpopiña

Pero lo peor, lo que sin duda escuece de verdad, es esa sensación de estar viendo los efectos especiales de los episodios de los Powers Rangers cada vez que aparece algún héroe volando o Tripphammer se pone la armadura. En más de una de las escenas habría agradecido que saliera el Pulpopiña a repartir hostias como panes y acabar con tanta vergüenza. Retro Girl planeando tiene más miedo que alma y parece que la actriz está esperando que los cables que la levantan se partan en cualquier momento. No hablaré de los pulsos carmesís robapoderes con sonido de tecnología alienígena incorporados porque son tan amenazantes como un cuchillo de plástico para un chuletón de kilo doscientos gramos. No hablaré de la sangre postiza generada por un Amstrad 464. No hablaré de los rayos de energía pixelados o los poderes cúbicos de Zora. No hablaré porque me quedo sin palabras ante tanta caspa. No hay nada peor que algo mal hecho que se toma en serio. Puedo asumir la plastilina mal pegada de los cadáveres de las películas que, carentes de presupuesto, toman el camino del humor y la parodia para suplir con originalidad la falta de medios. No es el caso. Powers es como ver un programa de talentos en el que los participantes creen que lo petan, cuando lo único que debería estallar es su culo. La cascada de sangre digital generada sería, sin duda, impagable.

¿Hay esperanza en la segunda temporada? Dicen que eso es algo que nunca se pierde. Historias de calidad por contar hay, ahora solo falta que encuentren a un tío que sepa algo de Photoshop.

Publicado el 21 de septiembre de 2015 en La Isla de las Cabezas Cortadas

Copra. El fondo y la forma.

COPRA es un cómic fresco que usa elementos añejos. El Escuadrón Suicida, El Doctor Extraño, Robot de Invencible… Conceptos metidos en una batidora, talento y frescura. O, dicho de otra forma, cómo hacer una salsa ligera de verano con brandy, mostaza de Dijon y queso muy curado.

Por Javier Marquina.

A veces se nos olvida lo importante. Nos preocupa más marcarnos un farol y aparentar, aunque no tengamos ni idea de lo que estamos hablando. Tirarnos el moco, fardar, darnos golpecitos en el pecho porque somos más chulos que nadie. Nos encanta eso de ser el gorila de lomo plateado de nuestra manada. Lo que pasa, es que comportándonos así, perdemos la perspectiva y el norte y nos alejamos de lo principal. En el mundo del cómic, de la literatura, del arte en general, lo que se impone es decir que has leído tal o cual tebeo u obra, que has ido a tal o cual exposición y que, por supuesto, te han encantado aunque en realidad te parezcan un tostón o una bazofia mediocre. No importa, si es lo que está de moda, tienes que ir con un ejemplar de lo que sea bajo el brazo y mostrarte entusiasta de la materia. Es preferible molar a ser sincero, y se relega la opinión personal a un segundo plano para poder seguir la estela de los grandes gurús del tema, que son los que marcan tendencia y a los que no hay que contradecir jamás. A veces, los que dejan de seguir el camino correcto son los propios autores que, guiados por esos mismos líderes de tendencia y opinión, no hacen las obras que quieren hacer, sino las que se supone que deben hacer. Bien sea para vender, porque está de moda o porque la empresa lo manda, se produce una cantidad ingente de material que no va a ningún sitio y que se olvida de lo fundamental. A veces, el autor busca crear algo que trascienda y que se convierta en un hito en su género. Para lograrlo, fuerza y retuerce todo lo que hace porque cree que así, siendo espeso y rebuscado, va a lograr engendrar algo que consiga que los culos de todos los críticos del mundo se conviertan en Pepsi-Cola, olvidando que las obras maestras no deberían nacer como tales, sino que deberían transfromarse en clásicos después de ser descubiertas y saboreadas por los lectores. Si lo buscas, probablemente no vas a encontrarlo. En un noventa por ciento de las ocasiones, la excelencia reconocida es fruto del talento, del trabajo y, sobre todo, de la casualidad. El genio se tiene, forzarlo sería como intentar violar a un hipopótamo. A veces los demás lo ven; otras, por desgracia pasa desapercibido. Obsesionarse con el triunfo, con el éxito o con la moda nos lleva a cometer atropellos y a dejar atrás todo lo que debería ir por delante. Si hablamos de cómics de superhéroes, por ejemplo, la única premisa que debería guiar a guionistas, dibujantes y cuantas personas componen la industria, tendría que ser simple: ENTRETENER. Olvidarse de accesorios, merchandising, retos filosóficos y tendencias mercantilistas. Lo que hay que hacer con Spiderman es flipar.

Copra, la obra de la que vamos a ocuparnos en esta reseña, es una historia de hombres con poderes y problemas que son usados como carne de cañón para realizar misiones imposibles. Hay magia, armaduras tecnológicas, supermodelos atléticas, armas grandes y lanzallamas. Hay complot, emoción, violencia, drama, un Macguffin clásico y un trasunto de Doctor Extraño que segmenta las viñetas cada vez que usa sus poderes. Copra es un cómic independiente que sigue de forma fiel los parámetros establecidos para el género, pero dándole ese tono diferente que tanto se agradece cuando ya estás cansado de clones, de caras que son siempre iguales y de escenas de acción calcadas una y otra vez en cada página. Una vez más, los cómics alejados de lo convencional, de lo esperado, son los que rescatan el espíritu verdadero que nunca debieron perder aquellos en los que se inspiran. Los que se lanzan sin miedo a contar algo de forma diferente, son los que acaban haciendo lo que deben, y lo logran usando las mismas herramientas que utilizaban sus maestros, esa gente que tanto admiraba y cuyo trabajo influye y se respira en cada una de las páginas. Son aquellos que solo tienen una cosa en mente: DIVERTIRNOS.

Copra, editada en España por El Nadir e Inefable Tebeos, es una obra que huele a ilusión y en la que se nota el enorme cariño que su autor, Michel Fiffe, le pone a lo que hace en cada personaje, en cada línea, en cada una de las viñetas. También se aprecia que lo único que pretende Fiffe es pasárselo bien y hacer lo que le gusta, y eso, al final, siempre revierte en el lector, que acaba siendo absorbido por ese entusiasmo contagioso que impregna cada página. Además, en este cómic hay un montón de cosas en las que fijarse, una montaña de detalles muy chulos en lo narrativo y una tonelada larga de experimentación integrada a la perfección en una estructura que no abandona parámetros clásicos fundamentales, todo al servicio de una historia en la que los malos son los buenos pero no tanto y los más malos usan el esoterismo para destruir cosas, por ejemplo. O quizá no. Creo que para saberlo tendrás que leerlo. Lo que sí hay es una calavera con un objeto místico destructivo incrustado en ella, y todos sabemos que los artefactos mágicos y misteriosos que destruyen cosas molan mogollón.

Publicado el 14 de septiembre de 2015 en La Isla de las Cabezas Cortadas

Chapuzas de amor y el destino inexorable.

Uno de los mejores cómics que he leído este año. Una de las historias mejor construidas y más conmovedoras y terribles. Una de esas obras de salto mortal carpado con doble tirabuzón que te dan la medalla de oro.

Por Javier Marquina.

Chapuzas de amor. Ediciones La Cúpula.

Traumatismo craneoencefálico severo. Angina de pecho aguda. Pielonefritis xantogranulomatosa. Cincuenta inyecciones intramusculares de URBASON. El amor.

Cosas que duelen como el demonio.

El amor, ese sentimiento que te vuelve idiota, te transforma en un hijo de la gran puta integral, te hace mentir como un bellaco y te vuelve blandito como un oso de peluche ciego de jugo de gumibayas. El amor es una expresión confusa de un caudal de hormonas que te hacen la vida imposible y te convierten en un amanerado fan de los poetas románticos del siglo XIX. Suspiras, compones sonetos, miras con ojos turbios el cielo estrellado esperando un amanecer que tiña de rosas y naranjas el horizonte, añoras los labios de rubí de tu amada, anhelas un beso robado a su mejilla de porcelana… te vuelves totalmente idiota. Porque, en resumidas cuentas, lo que hace el amor es empujarte a hacer cosas que en ningún otro estado mental serías capaz siquiera de atreverte a suponer, excepto, quizás, puesto hasta el culo de burundanga. Y es que el amor es esa droga dura que nos hace perder el hambre y el sueño, nos hace sentir invencibles cuando lo tenemos y miserables cuando nos falta; nos eleva, nos arrastra, nos transforma y nos mata. ¡Ay! ¡El amor!

El amor es, de igual manera, fuente de inspiración para la creación artística humana en general. El arte proviene y nace de este sentimiento y es lo que desencadena el proceso creativo e inspira a los artistas a expresarse. Y no estoy hablando únicamente del deseo entre personas; hablo del amor en general, con todas sus facetas, en todos sus destinos; el amor por alguien, por algo, por la familia, por un animal, por una ciudad, por un paisaje, por una idea, por un ideal, por un objeto, por un sueño. El amor como elemento opuesto al odio que funciona de catalizador para más emociones igualmente extremas como la lujuria, la violencia, la desesperación, la esperanza o el miedo. El amor como motor de las vidas que vivimos o, de forma opuesta, freno que nos ata a lugares y gente y no nos deja evolucionar hacia un estado mas perfecto, aunque quizá más aburrido.

En este cómic hay un poco de todo esto y mucho más. Por eso es tan enorme. Integrado en una saga mucho más extensa, logra condensar en sus páginas una cantidad de sentimientos que te van embriagando a medida que lees, y que te hace llegar al final con la sensación de estar ante algo tan real que es demoledoramente triste. Jaime Hernandez demuestra una brillantez casi imposible a la hora de reflejar emociones y retratarlas con la normalidad del que vive una vida que de tan común se convierte en surrealista, y lo hace manejando el arte del cómic de manera fluida y natural, como el que escribe un diario en el sofá de su casa. Chapuzas de amor es un tebeo emocionante, profundo y desgarrador, porque habla de gente corriente que intenta vivir su vida de la mejor forma posible, intentando esquivar tiros, patadas y obstáculos. Gente que a veces logra triunfar en sus obejtivos, pero que en la mayoría de las casiones fracasa de manera miserable.

Un cómic dibujado en un blanco y negro puro, sin grises, como la vida misma, que deja los matices al lector, consciente de que las cosas son, y la interpretación que se hace de ellas corresponde al que las observa. Jaime Hernandez expone, muestra, abre una ventana para que podamos espiar el día a día de gente muy parecida a nosotros; hace una fotografía con tinta y nos permite que seamos nosotros los que vistamos a esos personajes con el color que demuestran sus acciones. Una manera desnuda y simple (solo en apariencia) de poner el foco en lo que realmente importa, que despoja al mensaje de artificios que pudieran distraernos, dejándonos con la boca abierta de puro estupor al contemplar la rutina. Un logro casi imposible que el autor consigue con insultante sencillez.

Chapuzas de amor es la confirmación de tópico tan trillado que dice que la realidad siempre supera a la ficción, quizá porque de las historias inventadas puedes huir, pero la vida es inevitable.

Publicado el 7 de septiembre de 2015 en La Isla de las Cabezas Cortadas

A.I.D.P. AMOR A QUEMARROPA.

Ya lo dijo un señor de Providence: el placer reside en las cosas que no te esperas, en lo que no conoces, en aquello que te sorprende y te deja con la boca abierta, anonadado.

Por Javier Marquina

“Pleasure to me is wonder—the unexplored, the unexpected, the thing that is hidden and the changeless thing that lurks behind superficial mutability.”
H. P. Lovecraft

Amo esta serie. No es un amor frugal, típico de las parejas asentadas que se miran con cariño mientras ocupan esquinas opuestas del sofá. Ni siquiera es un amor ardiente, de los que te queman las entrañas y te poseen convirtiéndote en una especie de monstruosa máquina de lujuria. Es un amor puro, brillante, cegador, como el que se profesa por las cosas inalcanzables y elevadas a las que terminas adorando y rindiendo una pleitesía incondicional y eterna.

En A.I.D.P., además, se junta otro factor que hace que la quiera aún más. Por primera vez en mi larga carrera de coleccionista de cómics, de grapas amarillentas y deformadas, de historias compradas una y otra vez en ediciones diferentes y cada vez más mastodónticas, de dinero despilfarrado de forma casi compulsiva en un vano intento por conseguir el tomo más completo y bonito, HE ACERTADO. He conseguido domeñar mis impulsos, atar la mano que va instintivamente a la tarjeta de crédito para saciar ese apetito consumista que me devora y contenerme. He conseguido respirar hondo y ver pasar ante mí tomo tras tomo de la colección en tapa blanda, sabiendo (o intuyendo, al menos) que al final sacarían esa edición que tanto estaba esperando. No es que haya que ser adivino para imaginar que esto iba a pasar. Ni siquiera hay que tener suerte. Viendo el actual panorama editorial, lo de las reediciones no es una cuestión de estadística. Es sólo una cuestión de tiempo. Y de paciencia. Y de controlar ese impulso salvaje de leer que todos los auténticos aficionados a la lectura en general conocen. Domar a la bestia indomable confiando en que vaya a merecer la pena. Y sí, esta vez he tenido suerte; me ha salido la jugada redonda.

La edición integral que Norma Editorial está haciendo de A.I.D.P. me encanta. Sus lomos de tela verde son entrañables. Su material adicional es delicioso y nunca desproporcionado con respecto al resto del contenido. Su tamaño. Su peso. Su olor. Todo*. Es como el complemento perfecto a una obra que merece lo mejor porque contiene lo mejor. Y es que, y voy a decirlo ya, A.I.D.P. es la leche consagrada. Sin ambages. Sin paliativos. Sin excusas. Con toda la potencia de una palabra malsonante dicha en el momento adecuado. LA REHOSTIA. La lectura de cada tomo es como abrir una ventana a un mundo imposible en el que nada parece irreal. Un mundo que huele a magia y que vibra como tapado por un velo difuso tras el que se mueve otra realidad llena de los monstruos que habitan nuestras pesadillas. Un mundo lleno de hombres anfibios, homúnculos, seres gigantescos tentaculares, fantasmas, primigenios, robots con olor de steampunk victoriano, momias adorables, magos hiborios, heroes del pulp, amor, tragedia, drama y palitos de cangrejo. Una mezcla perfecta por imposible y bizarra que nos lleva a recorrer las andanzas de una agencia secreta gubernamental encargada de enfrentarse a lo extraño, a lo inesperado, a lo oculto. Aunque eso es lo de menos. Porque A.I.D.P. es un cómic sobre personajes torturados que tratan de encontrarse a sí mismos; una historia de sentimientos en un escenario lleno de dioses olvidados; un cuento sobre seres diferentes y extraños que luchan por volver a ser humanos. Y todo esto aderezado con trazas de H. P. Lovecraft, Robert E. Howard, Edgar Rice Burroughs y tantos otros escritores fundadores de la mitología fantástica del siglo XX.

Ideada por Mike Mignola, escrita por John Arcudi y dibujada por Guy Davis, A.I.D.P. es un ejemplo de planificación, de visión global, de alcance. Lo que en muchos casos se ha convertido en el cáncer del cómic americano actual, esas historias de 22 páginas alargadas hasta el vómito, pensadas para ir de cinco en cinco en volúmenes de tapa dura con la coluntad de ser la historia más grande jamás contada y que al final se quedan en el ñordo más infecto jamás defecado, aquí se convierte en virtud indiscutible. Leer una historia de casi 400 páginas coherentes y fluidas que devoras con ansia y te dejan con ganas de más, es otro ejemplo de que no hay objetos malos, sino operarios imbéciles. Mignola desvaría y Arcudi ejecuta, logrando una historia al alimón que tiene todos los jugos y esencias de aquello que te convierte en aficionado. Un tic tac en apariencia caótico que luego funciona con la precisión de un reloj atómico. Atómico como la explosión que desencadena el fin de los tiempos.

Parece el típico festival musical de verano pero…

Y luego está Guy Davis, claro, que lo de este tío es punto y aparte. Tan sorprendente como las historias, el despliegue de creaciones, monstruos y aparatos que Davis hace aquí es digna del Smithsonian. O del National Geographic. O de una portada del Hola, al menos. Un portento de imaginación y diseño que luego plasma con un talento para el cómic que nadie puede discutir. Siempre llevaré a sus robots y sus ranas en el corazoncito. A mí, que al principio fruncí el ceño cuando supe que la colección no la dibujaba Mignola, me ha acabado ganando por completo. Le adoro. Le quiero. Le amo. Porque a los genios, además de admirarlos, hay que desearlos.

Poco más puedo decir. Una colección maravillosa en una edición maravillosa y elegante. Una historia gigante en manos de autores enormes. Un cómic con mayúsculas que debería de servir de libro de texto en cualquier escuela. Magia, literatura, fantasía y seres gigantescos con tentáculos de amor.

A ver quién puede resistirse a eso.

*Como única críticia a esta edición integral y a modo de colofón diré que me parece injusto que el nombre del único autor que aparece en la portada de los tomos sea el de Mike Mignola. Si bien es cierto que él es el alma mater de esta serie, me parece que la enorme labor de John Arcudi y de (sobre todo) Guy Davis debería ser reconocida con sus nombre en negrita y a la vista.

Publicado el 21 de julio de 2015 en La Isla de las Cabezas Cortadas